Móviles, redes sociales y bulos: caldo de cultivo para el crecimiento de la extrema derecha.
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Objetivo de la extrema derecha: conquistar a la juventud

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Paula Lizcano Arroyo

Secretaria de Juventud de CCOO de Madrid

La juventud existe como sujeto colectivo. Es diversa, con contradicciones, y posee una enorme fuerza para transformar la sociedad. Esa misma fuerza es lo que hoy la convierte en un objetivo estratégico para quienes buscan imponer un proyecto reaccionario y excluyente.

En los últimos años, y con especial intensidad en la Comunidad de Madrid, hemos presenciado cómo la extrema derecha ha ganado terreno entre los jóvenes. Lo que antes era una fuerza residual hoy logra porcentajes relevantes en las urnas, marca agenda en el debate público y, sobre todo, introduce sus marcos ideológicos en el imaginario de una generación que ha crecido encadenando crisis.

La precariedad es el punto de partida. En Madrid, para emanciparse, un joven necesita destinar de media el 92,3 % de su salario al alquiler. La tasa de paro juvenil regional es del 16,84 % y la temporalidad en España alcanza el 15,4 %. Incluso con contrato indefinido, escapar de la pobreza no está garantizado.

La posibilidad de desarrollar un proyecto vital –emanciparse, formar una familia, tener estabilidad– se ha convertido en un horizonte inalcanzable. No es fruto del azar, sino el resultado de décadas de reformas laborales que abarataron el despido, recortaron derechos y consolidaron un modelo económico basado en sectores precarios como el turismo y la especulación inmobiliaria, que antepone siempre el beneficio empresarial a las necesidades sociales.

Crisis encadenadas, confianza rota

A este suelo inestable se suman crisis que han golpeado con fuerza: la crisis financiera de 2008, que arrasó empleos y hogares; la pandemia de 2020, que afectó especialmente a quienes trabajaban en sectores precarios; y la inflación disparada tras la guerra en Ucrania, que encareció lo básico.

Pero en la Comunidad de Madrid, estos impactos se han visto agravados por décadas de políticas neoliberales: recortes en servicios públicos, privatizaciones, ausencia de un parque de vivienda pública asequible y falta de políticas activas de empleo para la juventud. Este modelo no solo ha impedido amortiguar los efectos de las crisis, sino que ha consolidado la precariedad como norma.

Cada una de estas crisis ha profundizado la inseguridad vital y ha alimentado la desafección política. Según el CIS, más del 40 % de los jóvenes asegura que ningún partido les representa. Cuando la política institucional no ofrece salidas visibles, cualquier opción que se presente como ruptura –aunque suponga recortar derechos– puede ganar atractivo.

Algunos datos claves sobre la juventud en España

Una estrategia calculada en redes

La extrema derecha ha entendido muy bien cómo llegar a esta juventud. Ha colonizado TikTok, Instagram y YouTube con vídeos breves, mensajes simples y un lenguaje provocador que conecta con códigos culturales juveniles. Los algoritmos premian lo emocional y polarizante y penalizan el análisis complejo. En este ecosistema, la desinformación se expande sin freno: negacionismo climático, revisionismo histórico, machismo disfrazado de “libertad de expresión” o teorías conspirativas que ofrecen respuestas fáciles a problemas complejos.

En Madrid, perfiles reaccionarios con decenas de miles de seguidores marcan la conversación diaria sin apenas réplica por parte de medios o instituciones progresistas.

En las elecciones recientes, Vox alcanzó un 27,4 % de intención de voto entre menores de 25 años. Más del 51,8% de los jóvenes varones en Madrid cree que se ha ido “demasiado lejos” en promover la igualdad de género, y un 18,5 % considera la inmigración uno de los principales problemas del país. No hablamos solo de votos, sino de marcos culturales que cuestionan la igualdad, la diversidad y la justicia social.
El discurso de la extrema derecha hacia la juventud se construye con precisión. Habla de empleo y vivienda, pero señala como culpables a inmigrantes o movimientos sociales. Promete libertad, pero para desregular y eliminar derechos colectivos. Se presenta como antisistema, pero defiende con firmeza los privilegios de la patronal y la propiedad privada.

En lo cultural, se apropia de una estética de rebeldía contra una supuesta élite progresista, canalizando el desencanto hacia recetas autoritarias que se venden como soluciones valientes.

Más que votos: un cambio de mentalidad

La extrema derecha no solo disputa papeletas. Está moldeando mentalidades, infiltrándose en conversaciones cotidianas y normalizando discursos que hace pocos años parecían impensables.
Si esta penetración ideológica se consolida, la clase trabajadora se fragmentará, la solidaridad se debilitará y aumentará la aceptación pasiva de recortes y privatizaciones. La historia demuestra que, cuando la extrema derecha se hace fuerte, los derechos y las libertades retroceden, especialmente para la clase trabajadora.

No basta con resistir. Debemos estar presentes en cada lugar donde se decida nuestro presente y nuestro futuro, para que cada joven pueda vivir con dignidad, sin miedo al mañana y con la certeza de que sus derechos están protegidos.

Si renunciamos a ocupar este espacio, otros lo llenarán con discursos de odio que recortan derechos y siembran división. Y la historia demuestra que, cuando la extrema derecha avanza, la clase trabajadora siempre pierde.