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Intersexualidades en el ámbito laboral

MÁSCARAS, DESCONOCIMIENTO Y DISCRIMINACIÓN SILENCIADA A LA ESPERA DE UNA REVOLUCIÓN

SUBTÍTULO 2 - borrar si no corresponde

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Camino Baró

Psicóloga y experta en terapia familiar sistémica

La asignación del sexo al nacer es una práctica aparentemente rutinaria y universal. Desde la gestación, a través de una ecografía, se determina el sexo del feto en función de sus genitales visibles, encajando así en una de las dos únicas casillas disponibles en el Registro Civil: masculino o femenino. Sin embargo, esta práctica encierra una violencia estructural contra las personas que nacemos con características intersexuales (la “I” del acrónimo LGTBIAQ+), con corporalidades que no se ajustan a los patrones binarios establecidos y somos, por tanto, sometidas a un régimen de patologización, silenciamiento y corrección médica. Hablamos de personas como yo, que hace no mucho aún éramos nombradas con el apelativo de “hermafroditas”. Mujeres que nacen con testículos inguinales, hombres que desarrollan mamas, personas con genitales que no dejan claro si se trata de un clítoris grande o de un pene pequeño, mujeres genéticamente XY que menstrúan, hombres que nacen sin testículos… La lista de variantes físicas a través de las cuales se manifiesta la intersexualidad es amplia.

Durante mucho tiempo, la realidad “intersex” se ha concebido como un asunto privado, médico y vergonzante. Las decisiones sobre nuestros cuerpos han sido históricamente tomadas por terceros –madres, padres y profesionales sanitarios– sin nuestro consentimiento y bajo un enfoque correctivo. A través de intervenciones como gonadectomías (extracción de testículos u ovarios), clitoridectomías (reducción del tamaño del clítoris), vaginoplastias o tratamientos hormonales precoces, se pretende adaptar nuestros genitales, gónadas o fenotipos a una norma sexual binaria que no nos representa. Estas prácticas, muchas veces realizadas en la infancia, no sólo son irreversibles, sino que nos generan graves secuelas físicas y psicológicas.

Silenciosas y silenciadas

La experiencia intersexual contiene una historia de ocultamiento, marcada por secretos familiares, diagnósticos silenciados y cuerpos considerados defectuosos. Por ello acostumbro a decir que las familias intersex somos silenciosas pero también silenciadas. Este silenciamiento comienza en los hospitales, continúa en los hogares y se extiende a toda la sociedad, propiciando una ausencia total de referentes públicos. Si somos casi un 2% de la población (ONU, 2018), ¿cuántas personas permanecen calladas por el miedo al estigma?

Esta falta de referentes impacta también dentro del ámbito laboral. Cuando una persona intersexual comienza a visibilizarse como tal es frecuente que tema compartir su realidad con sus compañeros y compañeras de trabajo. Los miedos que nos han inculcado desde pequeñas se hacen insostenibles para dar el paso y “salir del armario” en el sitio del que depende nuestra autonomía y nuestro salario mensual. En reuniones informales, como el espacio de la comida, donde se asume la capacidad reproductiva de todas las personas, es común hacer preguntas como “y tú, ¿no te animas con la maternidad?”. Desde la asunción de una capacidad menstruante en personas con apariencia femenina también nos preparamos frente a interpelaciones que pueden delatarnos: “¿tienes un tampón para dejarme?”. Los espacios comunes se acaban convirtiendo, por ello, en un baile de máscaras donde interpretamos nuestro papel de persona “endosex” (aquellas que nacen o se desarrollan con características sexuales que sí encajan en los estándares binarios tradicionales). Detrás de esta mascarada suele hallarse el mismo razonamiento: “¿por qué he de abrirme yo a contar algo tan íntimo si mis compañeros no lo hacen con los temas que les tocan?”. Una actitud defensiva frente a una amenaza real: la interfobia social y el miedo a los “cuerpos intermedios” forma parte de nuestro sistema.

Durante mucho tiempo, la realidad “intersex” se ha concebido como un asunto privado, médico y vergonzante

Exclusión laboral

Escenas como estas las podemos encontrar en personas intersex que tienen passing endosex, es decir, no aparentan haber nacido con características físicas intersex. Sin embargo, hay personas de nuestro colectivo que, aunque quisieran, no podrían camuflarse de la misma manera y se encuentran más expuestas al escrutinio social. Hablo de personas que desarrollan un aspecto andrógino según las normas corporales del sexo. Es el caso de algunas deportistas, atletas y boxeadoras, que han inundado páginas de periódicos por ser consideradas “tramposas” o “intrusas” dentro de la categoría femenina. De manera parecida a nuestras compas trans, las deportistas intersex que trabajan en competiciones de alto nivel son penalizadas y discriminadas. En nuestro país existen referentes que dan buena cuenta de estas prácticas de exclusión como la atleta María José Martínez Patiño, que en los años 80 hubo de abandonar la competición deportiva por no “pasar los exámenes de sexo” de ese momento. Si desean mantener sus puestos de trabajo, las federaciones deportivas les ofrecen la posibilidad de hormonarse. ¿Alguien se imagina a sí misma medicándose para mantener su empleo? El desconocimiento social que existe sobre las intersexualidades lo pagamos con la expulsión de los espacios (o con la modificación obligada de nuestros cuerpos).

También se dan prácticas laborales discriminatorias en el acceso a las Fuerzas y Cuerpos de seguridad del Estado como Policía o Guardia Civil, no encontrándolas en el acceso al Ejército. De una manera sutil y empleando nomenclatura médica en sus criterios de admisión (disgenesia gonadal, hipogonadismo…), aquellas personas que presentamos características sexuales atípicas que no encajan en su segregación binaria “cuerpo masculino/cuerpo femenino” no podríamos acceder a estos puestos de empleo público. De nuevo, desde el colectivo intersex, percibimos cómo la incomprensión sobre nuestra realidad juega en nuestra contra dentro de un sistema que necesita clasificar de manera taxativa los sexos de las personas.

Respeto y diversidad

Sin embargo, las reivindicaciones del colectivo no afectan únicamente a las personas intersex, sino que interpelan a toda la sociedad. Ya en 1948 el sexólogo Magnus Hirschfeld sentenciaba que todos los cuerpos humanos se encuentran en un continuo de diferenciación sexual. No existen sexos puros o absolutos; lo que sí existe es una gama infinita de variaciones corporales. Este reconocimiento de la intersexualidad como parte del continuo humano nos obliga a repensar profundamente nuestras categorías sociales, legales y médicas. ¿Quién no ha percibido en algún momento que su cuerpo no encajaba en las expectativas de género? En ese sentido, la lucha intersex es profundamente emancipadora para todos los cuerpos. Es un proceso que, como toda revolución, requiere valentía, escucha activa y voluntad de transformación.

Afortunadamente, en España existe una revolución intersexual dentro del activismo intersex que no es una fantasía ni una exageración sino un proceso real, tangible y necesario. Está hecha de historias personales y colectivas, de libros, de obras de teatro, de protestas, de protocolos institucionales y de alianzas inesperadas. Es una revolución que parte del cuerpo, del derecho a habitarlo sin miedo ni vergüenza, y se expande hacia la sociedad, incluida la esfera laboral, exigiendo un nuevo marco de convivencia basado en el respeto y la diversidad.

Esta lucha es también la tuya, ¿te atreves a sumarte a la revolución?