
La vida de los gazatíes se ha reducido a una búsqueda diaria de las necesidades básicas
FOTO: PROPIEDAD DE LA AUTORA DEL ARTÍCULO
A pesar del anuncio de un alto el fuego en Gaza, incumplido por Israel reiteradamente, el miedo sigue marcando la vida cotidiana de las familias que no han sido asesinadas, hasta el punto de guardar el anonimato en este artículo. El genocidio no ha terminado. Continúan produciéndose asesinatos, lo que obliga a vivir en un estado constante de ansiedad. La destrucción, la pérdida y la grave escasez de recursos básicos siguen dominando todos los aspectos de la vida diaria, haciendo extremadamente difícil sobrevivir.
Soy una mujer palestina de Gaza, la historia que les cuento no solo es la mía o la de mi prima. Tengo muchos amigos cuyo destino desconozco, y no sé si aún están vivos. Los desplazamientos repetidos de un lugar a otro, junto con la pérdida de comunicación, nos han dispersado como si fuéramos extraños. Vivo en mi propia tierra y, sin embargo, estoy perdida, incapaz de saber qué ha sido de quienes me importan, o cuánto tiempo más seguiremos viviendo en esta ansiedad constante y en este miedo interminable.
No son solo historias personales, sino un reflejo fiel de una realidad vivida a diario por miles de personas en Gaza: una realidad que les ha arrebatado sus hogares, sus sueños y su dignidad en un solo e insoportable instante bajo el peso de la agresión israelí. Es una realidad dura que pesa profundamente sobre el espíritu humano, y que no deja más que la esperanza a la cual aferrarse frente a este dolor cotidiano.
La dura realidad cotidiana, bajo un genocidio, no deja espacio para una vida normal ni segura. Tengo 44 años, soy hija única, y vivo con mis padres ancianos, ambos con enfermedades crónicas. Estoy desempleada y no tengo ninguna fuente de ingresos, a pesar de tener una maestría en Economía. Esto supone una carga inmensa para mí y provoca una gran presión psicológica, especialmente porque soy la única responsable del cuidado de mis padres y de cubrir sus necesidades médicas en condiciones casi imposibles.
Nuestra vida se ha reducido a una búsqueda constante de las necesidades más básicas —cosas que deberían estar fácilmente disponibles y en las que antes nunca pensaba—. El acceso al gas para cocinar, al agua (tanto potable como para el uso diario), a alimentos suficientes y saludables y a la electricidad se ha convertido en un gran desafío. Nos vemos obligados a recurrir a alternativas inseguras, como cocinar con leña, que a menudo no está disponible y es extremadamente cara, o quemar cartón y desechos domésticos, incluidos plásticos y bolsas de nailon o cualquier cosa que pueda servir para encender fuego. Como resultado, he desarrollado varios problemas de salud, entre ellos enfermedades respiratorias.
La escasez de medicamentos es igualmente devastadora y una fuente constante de angustia. Sufro de hipertensión debido al estrés prolongado causado por el genocidio y la ausencia de cualquier sensación de seguridad. Mis padres también padecen enfermedades crónicas, como hipertensión, diabetes y cardiopatías, lo que hace que el acceso regular a medicamentos y al seguimiento médico sea una cuestión de supervivencia. Además, mi madre se sometió a un trasplante de córnea antes del 7 de octubre y aún tiene puntos quirúrgicos en el ojo, lo que le provoca dolor constante, especialmente ante la ausencia de médicos especialistas y la disponibilidad irregular de medicamentos. Cuando los medicamentos están disponibles, su precio está muy por encima de nuestras posibilidades.
Junto a todo esto, hemos sufrido desplazamientos forzados en múltiples ocasiones. Nos vimos obligados a abandonar nuestro hogar —y más tarde supimos que había sido destruido— en busca de un lugar más seguro, cargando con la ansiedad, la incertidumbre y la preocupación constante. Por la gracia de Dios, logramos alquilar una casa que ahora nos da refugio. Aunque no es saludable, nos consideramos más afortunados que muchos que lo perdieron todo. Aun así, la sensación de inestabilidad nunca nos abandona, y la inseguridad nos acompaña en cada momento.
Además, nos enfrentamos a una inflación sin precedentes, una grave escasez de efectivo, altas comisiones por cambio de divisas y un acceso limitado al transporte. Esto a menudo me obliga a caminar largas distancias. El aumento extremo de los precios de los alimentos y los bienes básicos —cuando están disponibles— ha convertido la vida diaria en una lucha constante por la supervivencia.
Con la llegada del invierno, el sufrimiento se intensifica. Carecemos de calefacción adecuada y las noches se vuelven largas y pesadas. Aunque, a pesar de todo, intentamos resistir y adaptarnos, estas penurias diarias dejan profundas cicatrices en nuestras vidas y en nuestra salud mental.
A la luz de esta dolorosa realidad, he buscado una manera de mejorar la calidad de nuestra vida. He obtenido la admisión para cursar un doctorado en el extranjero y me esfuerzo por incorporarme a mi universidad, no solo para continuar mi trayectoria académica, sino porque mi mayor esperanza es salvar a mis padres y asegurar la atención médica que necesitan con urgencia. Su salud está al borde del colapso debido a la desnutrición, la falta de medicamentos y las duras condiciones que soportamos. Sin embargo, el cierre continuo de los pasos fronterizos por parte de Israel se interpone en el camino de cualquier oportunidad real.
El sufrimiento de muchos de mis vecinos y familiares es mucho más intenso y dramático. Es el caso de mi prima. Tiene 48 años y es residente de Rafah. Allí se casó y, junto con su esposo, construyó una vida sencilla y estable. Tienen tres hijos, dos niños y una niña. Vivían en una casa espaciosa que los protegía, y su esposo, farmacéutico, era propietario de una farmacia que constituía su única fuente de ingresos. Todo se derrumbó en un solo instante cuando la ocupación israelí lanzó su ataque contra la ciudad. Se vieron obligados a evacuar su hogar bajo amenaza. Huyendo en busca de seguridad, no llevaron consigo nada más que su miedo y a sus hijos, y fueron desplazados a la ciudad de Jan Yunis, donde se refugiaron en una tienda proporcionada por donantes.
Poco tiempo después, llegó una noticia devastadora: su casa había sido completamente destruida, junto con la farmacia. Ahí fue donde comenzó la verdadera tragedia: sin un hogar que los protegiera y sin medios de vida que los sostuvieran. Su esposo no pudo soportar el impacto; sufrió un aumento severo de la presión arterial que le provocó un derrame cerebral que casi le cuesta la vida. Sobrevivió, pero quedó paralizado, incapaz de moverse o siquiera de cuidarse a sí mismo.
El sufrimiento se multiplicó y la carga se volvió insoportable. A medida que el hambre se intensificaba y sin ninguna fuente de ingresos, el hijo mayor —de no más de 15 años— se vio obligado a acudir a los puntos de distribución de ayuda operados por la Fundación Humanitaria de Gaza (GHF) en la zona de Al-Tina, al oeste de Jan Yunis, en busca de alimentos para cubrir las necesidades básicas de su familia, especialmente después de que su padre quedara postrado en cama. Pero nunca regresó. Recibió un disparo en la cabeza, asesinado por el ejército israelí.
Fue un golpe insoportable. La familia perdió el único apoyo que tenía, y la pesada carga recayó entonces sobre el hermano menor, un niño de 11 años, que había llegado a ver a su hermano mayor como su fuente de seguridad después de sus padres. A pesar de su fragilidad y corta edad, las circunstancias lo obligaron a asumir responsabilidades muy por encima de sus años. Comenzó a buscar agua, comida y otras necesidades básicas para su familia.
Un día, mientras traía agua apenas potable desde un lugar lejano, cargando con un bidón de 20 litros, se produjo un ataque israelí en la zona. Esto ocurrió a pesar de que el área estaba clasificada como una zona “segura” (verde) según la designación israelí. Sufrió una grave lesión en la pierna que requirió una cirugía urgente. Así, con un hijo asesinado y el otro gravemente herido, solo quedaron una niña de siete años, una madre exhausta y un padre paralizado, sin un refugio real.
Con la llegada del invierno, comenzó un tipo diferente de sufrimiento. Dentro de una tienda desgastada que no ofrece protección contra el frío ni el viento, soportan toda la crueldad de la estación. El suelo está húmedo, las mantas son escasas y el aire frío se cuela desde todas las direcciones. En una noche de tormenta, fuertes vientos arrancaron la tienda de su lugar, dispersando sus pocas pertenencias por el aire y arruinando la mayor parte de lo poco que tenían —mantas y artículos básicos—, dejándolos inservibles para el uso humano.
Se quedaron indefensos ante una escena dantesca: sin refugio que los protegiera y sin nada que compensara lo perdido. Comenzaron a dormir a la intemperie bajo los restos de la tienda destrozada, mientras el cuerpo de la niña temblaba de frío. La madre intentaba desesperadamente reunir lo que quedaba y proteger a sus hijos de la crueldad de la naturaleza y de la crueldad de la realidad. Sus días transcurren de esta manera, entre un hambre insoportable, un frío amargo y un duelo implacable. ■
La sentencia se dirige contra el corazón de una de las instituciones del Estado con mayor incidencia en el Estado social y democrático de derecho