
FOTO: ENVATO
Analista de la Fundación Alternativas. General de brigada retirado
En la cumbre de la OTAN en La Haya, el 25 de junio, todos los aliados se comprometieron a cumplir la exigencia del presidente Donald Trump de aumentar hasta el 5% sus presupuestos de defensa en 2035, excepto dos, aunque no vetaron la resolución: el propio Trump, que dice que no le afecta, porque ya ha gastado demasiado, y el presidente español, Pedro Sánchez, que dejó clara su posición en una carta al secretario general de la Alianza, Mark Rutte. Este objetivo es una barbaridad, que supone para los miembros europeos de la OTAN aumentar un 150% el gasto actual, es decir, 1,15 billones (europeos) de dólares anuales más, y no se deriva de ningún estudio serio de la amenaza, las vulnerabilidades reales, y el coste de superarlas. De hecho, pocos días antes se habían aprobado los objetivos de fuerza aliados para los próximos cuatro años, que España se ha comprometido a cumplir, sin relación alguna con ese incremento de gasto, que los dirigentes europeos tratan de vincular con la amenaza de Rusia a su seguridad, más exagerada mediáticamente después de incidentes como la caída de drones rusos en Polonia.
Pero no es cierto que Rusia sea una amenaza militar para la OTAN, esto es solo una psicosis colectiva belicista que han propagado ciertos dirigentes, apoyados por muchos medios de comunicación, para justificar ese incremento de los presupuestos de defensa que en realidad solo responde a la exigencia de Trump, ya que en tres años de guerra en Ucrania nadie hablaba de la necesidad de este aumento, y desde que Trump asumió su segunda presidencia aparece como imprescindible. De hecho, cuando el presidente de EEUU exige más gasto militar, no se refiere a ninguna amenaza de Rusia, puesto que intenta llegar con Putin a acuerdos políticos, económicos y comerciales, sino solo a que EEUU ha gastado mucho dinero en la defensa de Europa – lo han hecho por su propio interés, claro – y ahora los europeos tienen que pagar.
El ejército ruso ha demostrado sus limitaciones en Ucrania, donde en tres años y medio no ha sido capaz de conquistar siquiera las cuatro provincias que declaró rusas en 2022, y tardó siete meses – con ayuda de tropas coreanas – en expulsar a un pequeño contingente ucraniano de su propio territorio. Ni por economía – su PIB es inferior al de Italia-, ni por demografía – descendente -, ni por presupuesto de defensa – es la décima parte del agregado de la OTAN, está Rusia, ni estará en un futuro previsible, en condiciones de oponerse a la primera alianza militar del mundo.
A pesar de esta realidad, que responde a datos objetivos, muchos dirigentes europeos han temido no ser capaces de apoyar por sí solos a Ucrania, o incluso a que la guerra se extienda y no estén en condiciones de enfrentarse a Rusia, lo que les ha provocado un cierto pánico que les ha hecho volverse hacia EEUU y olvidar su proyecto de autonomía estratégica, que venían desarrollando tímidamente desde 2016. La aceptación del 5% no hay que verla en clave de fortalecerse ante una inminente amenaza rusa, sino para evitar que EEUU deje sola a Europa cuando aún no está preparada para defenderse a sí misma.
La exigencia de Trump solo responde a un deseo de a incrementar el beneficio de su industria armamentística. En 2024, las importaciones europeas de equipos militares y armamento desde EEUU alcanzaron el 64% del total, y eso no va a cambiar porque la industria europea no tiene capacidad para absorber el enorme aumento de gasto aprobado por la OTAN. La dependencia de EEUU es muy negativa para la UE, porque dificulta el desarrollo de una industria propia, y porque impide el avance hacia su autonomía estratégica, ya que el vendedor dispone de las innovaciones tecnológicas y los repuestos de los equipos que exporta, e incluso a veces de la autorización para su empleo. Esta vulnerabilidad solo puede resolverse si se racionaliza y se potencia la Base Industrial y Tecnológica de la Defensa europea, incluyendo la supresión de las barreras comerciales intracomunitarias existentes en este campo – que multiplican las plataformas y equipos y limitan su producción -, e invirtiendo en investigación de tecnologías avanzadas y de doble uso que hagan rentables a las empresas del sector.
La exigencia de Trump solo responde al deseo de incrementar el beneficio de su industria armamentística. En 2024, las importaciones europeas de equipos militares y armamento desde EEUU alcanzaron el 64% del total. Esto no va a cambiar, porque la industria europea no tiene capacidad para absorber el enorme aumento de gasto aprobado por la OTAN. La dependencia de EEUU resulta muy negativa para la UE, porque dificulta el desarrollo de una industria propia y porque impide el avance hacia su autonomía estratégica, ya que el vendedor dispone de las innovaciones tecnológicas y los repuestos de los equipos que exporta, e incluso a veces de la autorización para su empleo. Esta vulnerabilidad solo puede resolverse si se racionaliza y se potencia la Base Industrial y Tecnológica de la Defensa europea, incluyendo la supresión de las barreras comerciales intracomunitarias existentes en este campo –que multiplican las plataformas y equipos y limitan su producción– e invirtiendo en investigación de tecnologías avanzadas y de doble uso que hagan rentables a las empresas del sector.
La exigencia de Trump solo responde al deseo de incrementar el beneficio de su industria armamentística. En 2024, las importaciones europeas de equipos militares y armamento desde EEUU alcanzaron el 64 por ciento del total
La dependencia militar de EEUU conduce inevitablemente a una dependencia económica, que se traduce en la imposición de aranceles unilaterales a la UE y en el compromiso de comprar hidrocarburos estadounidenses por valor de 750.000 millones de dólares en tres años, además de 600.000 millones en inversiones en EEUU, lo que ha sido aceptado por los europeos solo para no enfadar al protector. Y también en una dependencia política, pues la UE es excluida de las conversaciones de paz para Ucrania que lleva Trump directamente con Putin, y no puede presionar a Israel por el genocidio de Gaza, sin permiso de Washington, aunque en este caso influye la división europea.
Mientras esa dependencia exista, la UE estará sometida a las decisiones que se tomen en Washington, lo que significa que no tendrá ningún papel relevante en el escenario global, y no estará en condiciones de defender sus valores e intereses. El aumento irresponsable de los presupuestos de defensa puede acabar con el estado de bienestar, que tanto ha costado conseguir y es el sistema social distintivo y casi exclusivo de Europa. El canciller alemán, Friedrich Merz, ha dicho que no va a poder mantener los programas sociales, mientras aprueba cientos de miles de millones para defensa
La UE solo podrá elegir libremente su camino, tanto en política internacional como en política interior, cuando sea capaz de defenderse a sí misma sin depender de una potencia exterior, que se va a cobrar de una manera u otra su protección, y que siempre va a priorizar sus propios intereses. Por eso es imprescindible la construcción de una defensa común europea autónoma y suficiente para garantizar la defensa colectiva de sus miembros, sin perjuicio de que se establezcan acuerdos de defensa mutua con EEUU o con cualquier otro país, cuando convenga a ambos. Desde un punto de vista técnico, es mucho más fácil de lo que comúnmente se cree. Se trata solamente de crear una estructura de Mando, aprovechando los Cuarteles Generales ya existentes, y una estructura de fuerzas con las unidades nacionales asignadas a esos mandos. La UE tiene suficientes recursos económicos y tecnológicos para ponerse al nivel de cualquier potencia con una inversión suficiente. Pero la defensa común no debería costar mucho más de lo que ya gastan ahora los Estados miembros, pues sería el ahorro que se derivaría de las sinergias obtenidas de la supresión de duplicidades, el que se podría invertir en superar las carencias que todavía tienen los ejércitos europeos.
No obstante, la construcción de una defensa común europea no puede disociarse del avance hacia una unión política de carácter plenamente confederal, que incluya una política exterior común y una clara definición de los principios y objetivos estratégicos comunes, porque de nada serviría tener un instrumento militar común si no hay acuerdo sobre dónde, cuándo y cómo usarlo. Aquí reside el problema principal, porque muchos de los Estados miembros, en particular los del este de Europa admitidos en la Unión en 2004, solo parecen interesados en las ventajas económicas que la Unión puede darles, pero – tal vez por su historia reciente – no quieren saber nada de una unión política que suponga la mínima cesión de soberanía, y menos aún de construir una defensa europea al margen de EEUU, la única potencia en la que confían para su defensa.
Pretender alcanzar a 27 una defensa europea común y autónoma, o incluso un avance significativo hacia una mayor integración política es una utopía en las circunstancias actuales. Si no se logra una paz estable y permanente en Ucrania, y algún tipo de acuerdo con Rusia, Europa volverá a una especie de guerra fría que la mantendrá insegura, militarizada y dependiente de Washington. Si esa paz – tan difícil – se lograra, una vanguardia de países de la UE, los que desearan avanzar, podrían poner en común sus políticas exteriores y de seguridad y defensa, hasta unificarlas. Una iniciativa al margen de los tratados, a la que después se irían uniendo otros, del mismo modo que se logró la puesta en marcha y la consolidación de la moneda única. Esa parece, a día de hoy, la única vía posible para que la UE avance en su integración política y su autonomía estratégica, condiciones imprescindibles para garantizar libremente la defensa de los europeos, preservando la paz, y manteniendo los avances sociales, que son tan necesarios para la seguridad humana como los propiamente militares.