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Oriente Próximo: una espiral violenta impulsada por Israel

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Jesús A. Núñez Villaverde

Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).

Escribir y analizar la situación actual y las perspectivas de evolución de Oriente Próximo conlleva el riesgo de que el texto quede inmediatamente desfasado, dado el vertiginoso ritmo al que se suceden los acontecimientos. Esta región vive una convulsión estructural desde hace décadas, producto de la cual se ha vivido ya seis guerras árabe-israelíes, dos intifadas palestinas y, hasta el pasado 7 de octubre de 2023 (7-O), cinco operaciones de castigo de las fuerzas armadas israelíes en la Franja de Gaza. Desde esa fecha, con los condenables ataques de Hamás y la Yihad Islámica Palestina como referencia, la situación no ha hecho más que agravarse. A ello se suma el empeño supremacista del gobierno liderado por Benjamin Netanyahu en lograr el dominio completo de todo el territorio comprendido entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, reservándolo en exclusiva para los judíos.

Este afán supone, por un lado, completar hasta sus últimas consecuencias la limpieza étnica en Gaza, donde malviven en condiciones infrahumanas unos dos millones de personas y, por otro, anexionarse la práctica totalidad de Cisjordania. Así, con el añadido de continuas violaciones del derecho internacional contra Líbano, Irán, Siria, Yemen, y más recientemente Qatar, Netanyahu y los suyos pretenden redibujar por la fuerza el mapa de la zona. Cuentan con una abrumadora superioridad de medios militares, que les permiten controlar a su antojo la vida social, política y económica dentro del Territorio Ocupado Palestino (TOP). Establecen controles y limitaciones de movimiento a los 5,5 millones de palestinos que habitan Gaza y Cisjordania y lanzan operaciones de castigo, prácticamente diarias, para eliminar cualquier tipo de resistencia a su dictado.

A esto se añade el consentimiento y la complicidad de algunos gobiernos, empezando por el de Estados Unidos. Es sobradamente conocido que Washington viene otorgando a Tel Aviv no solo respaldo diplomático en el Consejo de Seguridad de la ONU, empleando su veto para evitar que salga adelante cualquier propuesta de Resolución que pueda afectar a Israel, sino también apoyo económico y militar a su deriva belicista. Por su parte, la Unión Europea no logra superar las diferentes posiciones que coexisten en su seno para adoptar una política común respecto a Israel. Una muestra definitiva de su impotencia es que habiendo confirmado –resultado de una revisión del Acuerdo de Asociación UE e Israel– que Israel está cometiendo sistemáticas violaciones de los derechos humanos de los palestinos, los Veintisiete no hayan sido capaces de tomar alguna decisión para hacer sentir al gobierno israelí que estos hechos tienen un coste real. En el artículo 2 de este Acuerdo UE-Israel se establece que el respeto de los derechos humanos es la vara de medir para calibrar el tipo de relaciones a desarrollar. Sin embargo, tras constatar su genérica violación de derechos, la UE no ha sido capaz de sacar adelante ninguna de las nueve posibles medidas que la Alta Representante de la Unión para la Política Exterior planteó hace apenas unas semanas. Queda así confirmada, una vez más, la incapacidad comunitaria para traducir sus lamentos y condenas en hechos que permitan aliviar el sufrimiento de la población ocupada y establecer límites a los excesos israelíes. Lo mismo podemos decir de unos gobiernos árabes que, bajo la presión estadounidense y ante la perspectiva de lucrativos negocios con Israel, han dejado en la estacada a los palestinos.

No queda prácticamente ninguna línea roja que Israel no haya cruzado ya, convencido de que sigue teniendo margen de maniobra para continuar su inhumana estrategia genocida

La permisividad internacional anima la deriva genocida de Israel

En esencia, la barbarie que está cometiendo Israel obedece fundamentalmente a tres factores. El primero es netamente personal, con Netanyahu apostando por la continuación de la violencia como su principal palanca para evadir la acción de la justicia, teniendo en cuenta que las tres causas abiertas contra él pueden acarrearle fuertes penas de cárcel. Calcula que de ese modo puede recuperar su deteriorada imagen como garante de la seguridad de Israel –tras haber quedado señalado como directo responsable del fallo de seguridad que supusieron los ataques del 7-O–, evitar unas elecciones anticipadas de las que podría salir derrotado y blindarse en la medida en la que consiga mantener su cargo de primer ministro. A eso se añade la iluminada visión de personajes como Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir, compañeros de gabinete de Netanyahu, convencidos de que toda la Palestina histórica (y más allá) les pertenece por decisión divina, y decididos, por tanto, a deshacerse de todos los palestinos que la habitan. Por último, la permisividad internacional con Israel completa la ecuación que explica la deriva genocida desencadenada contra los palestinos.

Por lo que respecta a los palestinos, la constatación más evidente es que ya han sido irremediablemente abandonados a su suerte. En otras palabras, nadie está dispuesto a jugársela por ellos. Por una parte, tanto Hamás como el resto de grupos armados que se mueven en el Territorio Ocupado Palestino no tienen capacidades suficientes para forzar el fin de la ocupación israelí. En términos reales, tan solo constituyen una muestra más de la rabia acumulada contra una potencia ocupante que incumple abiertamente sus obligaciones de atender al bienestar y a la seguridad de la población encerrada en Gaza y Cisjordania. Por otra parte, a la luz de lo ocurrido resulta claro que se equivocaron al creer que el ataque del 7-O provocaría un giro de Israel hacia un acuerdo y una reacción de la comunidad internacional para resolver finalmente la cuestión palestina. Nada de eso ha ocurrido, por el contrario, sus ataques han propiciado un recrudecimiento de la violencia israelí, condenando a la población palestina a mayor sufrimiento del que ya estaba soportando. Apenas merece mención en ese contexto el papel de una Autoridad Palestina, desprestigiada a los ojos de la población palestina y sin capacidad para atender a sus necesidades.

La lejana esperanza de los dos estados

Dadas las circunstancias, no es fácil encontrar clavos de esperanza a los que agarrarse ante este desolador panorama, por mucho que los palestinos sigan mostrando una resiliencia incomparable y la sociedad civil de muchos países haga todo lo posible por presionar a sus gobiernos para que actúen en línea con los valores y principios que dicen defender. No queda prácticamente ninguna línea roja que Israel no haya cruzado ya, convencido de que sigue teniendo margen de maniobra para continuar su inhumana estrategia genocida contra los palestinos y sus violaciones de la soberanía nacional de los países vecinos. Desgraciadamente, ha quedado vacía de contenido la propuesta de la creación de dos Estados, sabiendo que sin el final de la ocupación no es posible que pueda existir un Estado palestino viable. Todo apunta a más violencia.

Desde la perspectiva de la sociedad civil, sin descartar que en algún momento se active una voluntad política, hoy inexistente por parte de la práctica totalidad de los gobiernos e instituciones internacionales a favor del derecho internacional para poner fin a la barbarie, una de las opciones que cabe plantear es replicar lo que ya se hizo frente a la Sudáfrica del apartheid. La campaña BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) busca no solo implicar a gobiernos de todo tipo y presionar al gobierno israelí para que cambien su rumbo, sino hacer sentir personalmente a los israelíes que lo que su gobierno está haciendo en su nombre es inadmisible. Queda tarea.