
Buque mercante en Groenlandia
FOTO: ENVATO
Periodista, escritor, sociólogo
La urgencia económica del capitalismo posfinanciero por recobrar mercados perdidos en la globalización exige una frenética actividad geopolítica. Este apremio explica a qué obedecen los bandazos provenientes hoy de la Casa Blanca en la arena mundial.
La primera pregunta que plantear consiste en saber si el showman televisivo y multimillonario neoyorquino, Donald J. Trump, 47.º presidente de los Estados Unidos en su segundo mandato, actúa por libre o bien, para realizar las exacciones que realiza y los excesos en que incurre, cuenta o no con el aval de los poderes fácticos que operan en Estados Unidos. Estos son el complejo-militar industrial, fuertemente conectado al Pentágono, Departamento de Defensa; el nodo financiero y bursátil de Wall Street; Silicon Valley, emporio tecnofeudal; Hollywood, productor incansable de ideología imperial; y la mafia que, sin abandonar del todo la metralleta ni el bate de béisbol, se ha adentrado en el mundo financiero y controla gran parte de los cien cárteles de la droga, tan poderosos como desconocidos, que allí operan.
Estos vectores de poder constituyen la élite tangible y efectiva que administra el poder estadounidense; cada cual tiene su parcela de actuación, cada uno goza de cierto margen de autonomía para operar; pero les une un mismo propósito: mantener la hegemonía de los Estados Unidos de América en el mundo a costa de yugular cualquier tipo de oposición, interna o exterior y saquear recursos ajenos por doquier.
Lo nuevo es que esa hegemonía estadounidense se halla hoy en fase declinante, frente al surgimiento de un mundo distinto, posterior al de la Guerra Fría que, entre 1946 y 1990, retuvo la conflagración mundial en sordina mediante el equilibrio del terror, esto es, la certeza de la destrucción nuclear mutua asegurada entre el capitalismo del Oeste y el socialismo del Este.
Al dar paso los acontecimientos a una situación abiertamente diferente en la posguerra fría, con la implosión soviética y la expansión de la OTAN hacia el antiguo glacis de seguridad de la URSS, las esferas de influencia hasta entonces vigentes se desvencijaron, abriéndose a nuevas interacciones las relaciones entre estados.
El denominado sur global, con el grupo llamado BRICS, Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica, a su lado, se compone de aquellos países que desafían la hegemonía estadounidense y proponen otra lógica geopolítica basada en el multilateralismo, para que ponga fin a la unipolaridad hegemonista esgrimida por Estados Unidos y sus aliados europeos de la OTAN. La mayor parte de esos estados reta la primacía del hemisferio norte sobre el hemisferio sur, desdeñando el dólar como patrón monetario internacional frente al que busca alternativas monetarias.
Bien, pues ese desdén hacia la dolarización del mundo Washington lo percibe como una afrenta intolerable, síntoma evidente del declive estadounidense de su producción, industria, comercio y distribución de la riqueza mundial, de la que pretende seguir apropiándose. Y Washington no parece dispuesto a tolerar que ese proceso de decaimiento estadounidense se consume.
Para atajarlo, Washington necesita reindustrializarse a costa inicialmente de la producción y venta de armas, emprender una nueva fase de conflictos bélicos, para demostrar así que quien manda en el mundo siguen siendo los Estados Unidos de América y que quien impone las reglas del juego no es la legislación interestatal ni el derecho internacional, sino la nuda voluntad de la Casa Blanca. Desde allí se sintetizan las exigencias de los mentados poderes fácticos, conectados por su común anhelo ganancial y la búsqueda incansable de nuevas fuentes de valor. No parece que las contradicciones entre estos poderes hayan estallado. Aún.
Un designio dictatorial
La Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense de finales de noviembre de 2025 somete el mundo al designio dictatorial de dominar el hemisferio occidental en su conjunto; lo cual explica la presión ejercida, incluso contra sus euroaliados en la OTAN, para hacerse con el total control militar de Groenlandia, territorio autónomo vinculado a Dinamarca, Estado integrado en la Alianza Atlántica. De paso, Washington amaga gravemente con la anexión a Canadá, su vecino norteño; amenaza con meter al US Army en México para enfrentarlo al narcotráfico; obstaculiza el tránsito libre por el canal de Panamá y, hasta el momento, consuma el secuestro a mano armada del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y de su esposa, Cilia Flores. El secuestro, que causó al menos 100 muertos entre la escolta venezolana y cubana de Maduro, fue precedido por el sobrevuelo de Venezuela de 150 aeronaves, bombarderos y helicópteros artillados, más una flota de guerra en el litoral caribeño; y ello, amén del empleo de armas sónicas prohibidas con paralizantes y demoledores efectos sobre la población civil, cegada por un apagón inducido que desactivó cualquier tipo de defensa antiaérea.
Como una pirueta más, Donald Trump aceptó que prosiga al frente del país la vicepresidenta venezolana, Delcy Rodríguez. A saber con qué amenazó Trump a Rodríguez, tras el aplastante zafarrancho militar estadounidense en el Caribe de los últimos meses.
El agente inmobiliario devenido en presidente reconoció que quiere quedarse con el petróleo venezolano. Y que el secuestro de Maduro obedecía a tal propósito, además de acusarle de capitanear un cártel de la droga, el cartel de los Soles, como justificante de su captura a mano armada. Una vez en Nueva York el secuestrado y su esposa, el principal cargo acusatorio contra él desaparece de la instrucción judicial: el cartel nunca existió.
Tesoros codiciados
El secuestro del presidente de Venezuela y su compañera el pasado 3 de enero ha reeditado la táctica imperial de Washington de asegurarse las reservas de ricas materias primas y energéticas que América Latina atesora, como ya hizo en los prolegómenos de las grandes conflagraciones como la Primera y la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Corea y la de Vietnam.
Venezuela, en ejercicio de su soberanía bajo el régimen bolivariano, estableció vínculos comerciales, energéticos y militares de importancia con China y Rusia. Tales nexos violentan el actual designio estadounidense por hacerse con el control de todo el hemisferio occidental para asegurarse la reserva de recursos estratégicos ajenos, gas, minerales y tierras raras, como los que también Groenlandia posee en el subsuelo. Por consiguiente, los acuerdos entre Caracas con Pekín y Moscú fueron percibidos por los poderes fácticos norteamericanos como un riesgo potencial que consideraron inadmisible y decidieron seguir el camino del terrorismo de Estado secuestrando al presidente venezolano. Así pues, el objeto estratégico que este crimen oculta, más allá de lo aparente, es que vivimos la víspera de una guerra a medio plazo contra China, que Pekín no desea.
El designio hemisférico estadounidense no significa su desentendimiento de controlar otras zonas del mundo. La propia Estrategia de Seguridad Nacional apunta como prioridad suprema hacia el Indo-Pacífico, es decir, el marcaje de China. Pero antes, Washington ya ha volcado todo su poder contra el rival geoestratégico oriental, hurgando en el bajo vientre de Eurasia, la República islámica de Irán, que provee al gigante chino de los ricos hidrocarburos que Irán posee y de los que China carece. Israel intenta reconfigurar el mapa del Medio Oriente en clave ultrasionista y fuerza a Trump a distraerse en la zona y desviarse de su objetivo directo, China. Al cierre de esta edición ya se contabilizan mas de 600 muertos en los bombardeos conjuntos israelí-estadounidenses.
La Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense de finales de noviembre de 2025 somete el mundo al designio dictatorial de dominar el hemisferio occidental en su conjunto
He ahí buena parte del juego en escena. La querencia desaforada de Trump por Groenlandia se explica porque el deshielo paulatino del Ártico permite a China conectar el Pacífico con el Atlántico en tiempos muy reducidos que le procurarán ahorros cruciales para sus flotas comerciales, obligadas hasta ahora a embocar el angosto Estrecho de Malaca. Y el imperio, pese a su evidente declinación, no permitirá que China siga su progresión hacia el rango de superpotencia, puesto que ya lo es en la arena tecnológica, donde domina el comercio y distribución de las codiciadas tierras raras, muy abundantes, precisamente, en Groenlandia.
Y no parará hasta que la controle totalmente. Romper la baraja de las relaciones internacionales, como hace a diario, pisoteando las democracias e inaugurando una etapa de plena autarquía para reindustrializar Estados Unidos a costa de la paz mundial, nos puede costar a todas y a todos una conflagración termonuclear de alcance insospechado.
La geopolítica se convierte así, de nuevo, en una ciencia imperial para intentar legitimar anexiones y hegemonías que creímos superadas y que fueron derrotadas con el nazismo. Solo el estallido de las contradicciones internas en Estados Unidos, que las hay ya en fase potencial, permite columbrar atisbos racionales de esperanza para los asalariados del mundo, carne de cañón potencial del aventurerismo bélico criminal de la Casa Blanca.