
“Charo”, el calificativo para deslegitimar a las mujeres feministas y progresistas
FOTO: FRAN LORENTE
Directora del Instituto de las Mujeres.
En apenas una década, internet dejó de ser un espacio secundario para convertirse en el lugar donde discutimos, nos organizamos, nos informamos y, cada vez más, vivimos políticamente. Las redes abrieron una conversación global inédita: hicieron visibles injusticias que antes quedaban encerradas en el ámbito privado, conectaron luchas dispersas y ofrecieron herramientas poderosas al activismo feminista.
Pero el mismo espacio que amplificó voces también amplificó el odio. La expansión digital no solo democratizó la palabra: también monetizó la violencia. Y en ese ecosistema, la misoginia ocupa un lugar central. No es un fenómeno marginal. Se articula en comunidades organizadas, en discursos reaccionarios y antifeministas que han encontrado en las plataformas un terreno fértil para difundirse, reforzarse y multiplicarse.
Mujeres periodistas, políticas, científicas, creadoras de contenido o simplemente usuarias anónimas reciben a diario una lluvia persistente de insultos, burlas y campañas de desprestigio. No es una crítica puntual ni un desacuerdo argumentado: es un intento sistemático de desacreditarlas y empujarlas fuera de la conversación pública. La violencia digital no busca debatir; busca desgastar. No pretende convencer; pretende cansar. Detrás de cada comentario aparentemente banal se activan narrativas que refuerzan la desigualdad, cuestionan los avances en derechos y tratan de reinstalar jerarquías que el feminismo ha venido desafiando durante décadas.
Contra el feminismo
Las feministas, en particular, se han convertido en objetivo preferente. Bajo el disfraz del humor, la ironía o una mal entendida “libertad de expresión”, circulan estereotipos sexistas, teorías conspirativas y descalificaciones personales que operan como mecanismos de disciplinamiento. Se castiga la voz incómoda. Se ridiculiza la autoridad femenina. Se convierte la presencia misma en provocación.
Y a fuerza de repetición —memes, vídeos virales, tendencias que duran horas, pero dejan huella— el insulto se normaliza. La deslegitimación se integra en el paisaje cotidiano de las redes. Lo que ayer era inaceptable hoy se desliza como broma. Y así, poco a poco, se estrechan los márgenes de lo aceptable para las mujeres en el espacio público digital.
Nada de esto ocurre de forma espontánea. No hablamos de exabruptos aislados ni de usuarios airados que pierden los papeles un día cualquiera. Estos discursos se organizan, se retroalimentan y se amplifican en comunidades digitales que legitiman el desprecio hacia las mujeres como seña de identidad.
Blogs, foros, plataformas de juego, pódcasts, canales de streaming centrados en una idea cerrada de “identidad masculina” conforman un ecosistema propio. Allí el feminismo no se debate: se caricaturiza. Los avances en derechos no se analizan: se presentan como una amenaza. Se construye una narrativa de agravio permanente donde la igualdad se interpreta como pérdida y donde el resentimiento se convierte en comunidad. La llamada “manosfera” no es solo un conjunto de espacios virtuales: es un relato compartido en el que la misoginia actúa como lenguaje común y como vínculo de pertenencia.
Objetivo: expulsar a las mujeres del espacio público
Para entender su alcance hay que mirar lo concreto. Los insultos que reciben las mujeres en redes no son creativos ni inocentes. Siguen patrones reconocibles. Apuntan a nuestra sexualidad, a nuestro cuerpo, a nuestra inteligencia, a nuestra legitimidad. Nos reducen a estereotipos antiguos reciclados con estética de meme. “Charo”, “feminazi”, “mujer de bajo valor”, “puta”; no son palabras sueltas: son herramientas de deslegitimación. Simplifican, degradan, deshumanizan.
Y no, no son inofensivos. Tienen un objetivo claro: expulsar. Convertir las redes en un territorio hostil donde hablar tenga un coste y donde la masculinidad hegemónica marque los límites de lo aceptable. El insulto constante funciona como antesala de violencias más graves: acoso coordinado, sexualización extrema, difusión de datos personales, incluso agresiones sexuales digitalizadas mediante nuevas tecnologías como la inteligencia artificial. En un entorno diseñado para la viralidad y el anonimato, el daño se multiplica y atraviesa la pantalla.
Las consecuencias no son abstractas. Muchas mujeres reducen su presencia, moderan su discurso, se autocensuran o abandonan determinados espacios digitales. Otras pagan un precio aún más alto. Cuando el objetivo es una periodista, una académica, una política o una activista, el hostigamiento se vuelve estratégico: campañas coordinadas, ataques a su reputación profesional, amenazas veladas. El mensaje es claro y disciplinador: participar en el espacio público tiene un coste.
En el Instituto de las Mujeres entendemos que no basta con indignarse. En un contexto de bulos, discursos misóginos y odio organizado, hacen falta datos, análisis rigurosos y políticas públicas. Y militancia feminista. Desde el Instituto de las Mujeres impulsamos investigaciones como Mujeres jóvenes y redes sociales o Autopercepción de la imagen de las mujeres en los nuevos entornos digitales, que examinan el acoso, la comunicación sexista y los efectos de estas dinámicas sobre la vida de las mujeres. Además, a través del Observatorio de la Imagen de las Mujeres estamos desarrollando informes específicos para monitorizar y analizar el machismo que circula en la manosfera. Nombrar, identificar, medir y contextualizar estas formas de agresión es una herramienta política.
No es una crítica puntual ni un desacuerdo argumentado: es un intento sistemático de desacreditarlas y empujarlas fuera de la conversación pública
Nuestra responsabilidad institucional es clara: garantizar que las mujeres no sean nuevamente expulsadas del espacio público, ahora digital. Las redes no pueden convertirse en una frontera que nos devuelva al silencio. La igualdad también se juega ahí. Y no estamos dispuestas a ceder ese terreno.
Lo que está en juego no es solo la convivencia en redes sociales, sino la calidad democrática de nuestro país. Cuando las mujeres son hostigadas hasta el silencio, cuando opinar implica exponerse a campañas coordinadas de humillación, cuando la violencia se normaliza bajo la coartada del humor o de la libertad de expresión, lo que se erosiona es el principio mismo de igualdad. No hay democracia plena si la mitad de la ciudadanía participa bajo amenaza. No hay libertad de expresión si unas voces hablan con miedo.
Esta violencia no nos hará desistir de la lucha por una igualdad real y efectiva. Sabe que no puede ganarnos en ese terreno. Su estrategia es otra: desgastar, saturar, inundar el debate hasta hacerlo irrespirable. No aspiran a ganarnos, pero sí a cansarnos. A que dudemos. A que nos retiremos un poco. A que hablemos más bajo.
Por eso la respuesta no puede ser individual. Es política. Es colectiva. Es democrática. Defender la presencia de las mujeres en el espacio público no es una cuestión menor: es un asunto de ciudadanía plena. Porque si el objetivo es el agotamiento, nuestra tarea es la persistencia. Si buscan el silencio, nuestra respuesta es más voz. Y si pretenden estrechar los márgenes de lo posible, el feminismo seguirá ampliándolos. Siempre.