Las relaciones máquina-individuo ya están aquí y ahora
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IA: ROBAR EL FUEGO COMO TAREA

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Marcelo Ortega

Periodista y secretario de Comunicación de CCOO

Toda tecnología viene al mundo para cambiarlo. No aparece sola. Es hija de hallazgos anteriores y problemas por resolver, de nuevas formas de ganar beneficios y rentabilidades prometedoras. Cambia el aspecto de las cosas, nuestro modo de vivir y de relacionarnos con el mundo, aunque nuevo no es sinónimo de mejor. Cambia el poder de corporaciones y estados. También cambia nuestra forma de trabajar. El impacto de las tecnologías de inteligencia artificial (IA) demuestra esta suma de cambios, es algo real, presente y amenazante. Está por ver si somos capaces, como sociedad, de gestionar esos cambios e intervenir para que la recomposición de poderes no dé al traste con la mejor parte de las sociedades democráticas que hemos conocido.

Porque vivimos varias transiciones con un futuro incierto. Los relatos que uno puede mencionar de memoria sobre los buenos usos de la IA se mezclan con historias de terror que dejan poco sitio al optimismo. La casuística da para todo: usando la IA y mapas de satélite, periodistas del New York Times pudieron desvelar que el Gobierno de Israel mentía, bombardeando zonas “seguras” de Gaza a mansalva después de pedir a la población que se refugiara en esa parte del territorio. Usando también tecnologías IA, las Fuerzas Armadas de Israel emplean una herramienta (Lavender) que selecciona las personas que asesinar en sus bombardeos en la Palestina ocupada, con 15.000 muertes solo en el primer mes y medio del ataque militar iniciado en octubre de 2023, un episodio más de una larga lista de crímenes de guerra. Después, usando el poder omnímodo de las plataformas tecnológicas, es muy posible que tú, yo y cientos de miles de personas más no hayan visto estas dos noticias en sus redes sociales. Nunca aparecieron en nuestro muro de X o de Facebook, que mientras nos enseñaban la vil amenaza de los inquiokupas, la nueva agresión sexual cometida por un joven con aspecto de mena o el indignante escándalo del primo segundo del presidente. El tecnólogo-magnate comunica o malinforma según sus reglas. Regula sus cacharros para sus propios intereses y los de los suyos, que no suelen ser la paz en el mundo, la democracia o la libertad de expresión. Como ejemplo que en CCOO experimentamos, en otoño META nos prohibía publicitar en Facebook e Instagram “publicaciones sobre temas sociales, como los derechos civiles, la reforma de la economía o el medio ambiente”. Literal. Como segundo ejemplo, el mensaje intrusivo del propietario de Telegram asustado por las posibles normas españolas que restringen las redes sociales para menores de 16 años.

Como ejemplo que en CCOO experimentamos, en otoño META nos prohibía publicitar en Facebook e Instagram “publicaciones sobre temas sociales, como los derechos civiles, la reforma de la economía o el medio ambiente”

En un mundo en implosión, con el llamado tecnofeudalismo yendo de la mano de matones e iluminados, de gobernantes que pregonan la ley del más fuerte, son pocas las herramientas para defender a las personas y las sociedades de la IA. Europa ha probado alguna tímida regulación, insuficiente para parar la ola reaccionaria que solo ve burocracia y trabas en cualquier norma pública. O el mercado o nada. Mientras sus juguetes virtuales atacan nuestra capacidad de distinguir lo cierto de lo falso, rebajan a cero el valor del trabajo de los y las profesionales de infinidad de campos (locutores, guionistas, ilustradores, periodistas, diseñadores) y se convierten en la ventana a la realidad por encima de los medios de información. Tras unos cuantos años de uso, el empobrecimiento generalizado de mensajes e imágenes generados desde la IA está fuera de toda duda, pero ojalá acabaran ahí nuestros problemas. Que Chat GPT u otra marca similar sea quien te da las noticias cada mañana no me hace estar tranquilo. Que te aconseje cómo cortarte el pelo, cómo curarte la gripe o cómo responder mejor a un mensaje de tu pareja, tampoco. De la prometida sociedad del conocimiento hemos aterrizado en una no-sociedad de la ignorancia.

Porque estas relaciones máquina-individuo ya ocurren, las tenemos aquí y ahora, y si estamos empleando tecnologías de IA para ser “ayudados” en gestos cotidianos como los citados, qué no ocurre y ocurrirá en los centros de trabajo. Sin cuestionar la asistencia positiva de herramientas que usan IA para algunas tareas, el discurso oficioso de la nueva era de las máquinas promete productividad, cuando quizá lo que ofrezca sea más beneficio a cambio de más desigualdad. Organizaciones como CCOO llevan años siguiendo de cerca la mejor forma de transitar el impacto de estas tecnologías en las empresas, formando también a delegados y delegadas para, en cada caso, poder mejorar la respuesta. Por supuesto, sería más fácil con una legislación clara y contundente, como la que limite el uso de sistemas algorítmicos para medir el rendimiento de una persona trabajadora y tomar decisiones después. Y es más fácil cuando los procesos productivos afectados o los sistemas de organización que cambian con la IA lo hacen en una empresa con representación sindical, donde las personas trabajadoras son capaces de incidir y participar en decisiones que luego definen sus condiciones materiales. Va de suyo que integrar esa tecnología a determinadas tareas puede ser positivo, pero recomiendo dudar siempre de las buenas intenciones cuando hay cambios en el horizonte, y más cuando no están las siglas de CCOO en la empresa.

El discurso oficioso de la nueva era de las máquinas promete productividad, cuando quizá lo que ofrezca sea más beneficio a cambio de más desigualdad

El desafío del que hablo es mayúsculo, porque en este país ocho de cada diez empresas con personal no llegan a las seis personas en plantilla, y se extienden relaciones laborales de diferente signo para orillar la posibilidad de la defensa colectiva. Es un déficit de representación, junto a una crisis de mediación en la que lo tecnológico ha tenido que ver. Es por tanto un reto sindical, pero también político y social, porque la ola de cambios en proceso en el mundo del trabajo empieza a tener consecuencias, sin ninguna evaluación, y apenas sin controles previos; todo cuando caminamos a la vez por profundos cambios en lo climático, en lo energético, y en lo demográfico. En un siglo xxi de clara disputa social, política y económica, estas tecnologías tienen la capacidad de poner aun más los medios de producción en unas pocas manos. Reaccionar desde la voluntariedad, desde la rabia, y no desde una expresión organizada y colectiva, servirá de poco. Nos toca otra vez ser los prometeos que le roben el fuego a este capitalismo de vigilancia acelerado por la religión de la IA. Si es claro que hay una internacional reaccionaria, donde militan estos nuevos sacerdotes del progreso —su progreso—, más vale ir recomponiendo el movimiento que pueda confrontarla. Tomemos nota.