
Pleno del Congreso en enero de 2026
FOTO: FRAN LORENTE
Doctor en Derecho por la Universidad de Santiago de Compostela, escritor y periodista
Los gobiernos de Pedro Sánchez siempre han estado presididos por cierta sensación de interinidad. La moción de censura, que le permitió alcanzar la presidencia del Gobierno en 2018, despertó en la oposición una frustración asentada en la idea (poco democrática) de poder arrebatado. La celebración posterior de elecciones en 2019 y 2023, y la formación de gobiernos de coalición con mayorías precarias, han representado la excusa perfecta para que muchos cultiven la idea de estar ante un gobierno débil, sin apoyos suficientes para desarrollar un programa. En suma, una legislatura moribunda casi desde su nacimiento.
Pero, ¿es esto realmente así o se trata, más bien, de una estrategia política interesada en generar un clima de opinión que justifique un final de la legislatura y el adelanto electoral? Un breve análisis sobre el futuro de la XV legislatura en el arranque del curso político pasa por detenerse en, al menos, cinco puntos.
La segunda ley de la termodinámica establece que el grado de entropía (S) de un sistema, esto es, el nivel de energía que se pierde en su funcionamiento regular o la energía no utilizable para realizar trabajo útil, tiende a aumentar con el propio funcionamiento, inclinando el equilibrio de dicho sistema hacia el desorden, la aleatoriedad o la incertidumbre. Nunca fue tan verdad como en el caso del actual sistema político español, que no es termodinámico, pero se calienta igual.
El volumen de energía que se pierde, se malgasta o se desdeña no deja de dispararse mientras la cantidad de energía que se consume de manera eficiente no deja de caer en la política estatal. La aceleración del ciclo electoral provocada por el Partido Popular con el único objetivo de castigar en el hígado a Pedro Sánchez ha disparado aún más esa entropía creciente del sistema. Diseñada para extenuar a Pedro Sánchez ya nadie se atreve a decir a quién puede acabar agotando más, si a él o al resto.
Dedicamos tanto tiempo, esfuerzo, recursos y energía a resolver problemas que nos inventamos para echárselos a la cabeza al otro que los problemas que realmente nos afectan se postergan al final de la agenda. Dedicamos tanto tiempo, esfuerzo, recursos y energías a ganar batallas inventadas que solo nos preocupan a los nuestros o a los suyos que no nos damos cuenta de que vamos perdiendo la guerra que realmente cuenta; aquella que tiene que ver con el modelo de sociedad donde queremos vivir: si una sociedad donde nos sentimos responsables de la suerte y los problemas de los demás o una sociedad donde quien pueda hacer que haga.
Cuando un sistema genera más entropía de la que puede aguantar, el sistema colapsa. Y a ese juego se juega ahora. A colapsar el sistema disparando los niveles de energía desperdiciada o perdida en debates y combates que ni siquiera hemos empezado nosotros y que nunca encuentran un final. No se trata de derribar el sistema democrático. Se trata de extenuarlo y agotarlo para que caiga por sí solo. Se dice que la democracia suele morir entre grandes aplausos. Habría que añadir que también suele acabar mortalmente agotada.
Cuando un sistema genera más entropía de la que puede aguantar, el sistema colapsa. Y a ese juego se juega ahora. A colapsar el sistema
Se trata de convencer a la mayoría de que el sistema, la democracia, es el problema y la gran generadora de esa entropía política que nos divide y nos enfrenta por razas, por lenguas, por sexos, por edades, por gustos, por procedencias o por Bud Bunny. Hacernos creer que toda esa energía se recuperaría y serviría para resolver nuestros problemas si eliminamos la democracia y la política de nuestras vidas es la estrategia.
La mejor manera de evitarlo pasa por reducir tanta entropía. No se trata de ganar más batallas inútiles. Se trata precisamente de dejar de malgastar energía útil en ganar batallas inútiles. Se trata de dedicar nuestra energía a producir soluciones y políticas que devuelvan a la gente la confianza en sus instituciones, en sus gobiernos y en sus representantes. Nadie vota para que le expliquen de quién es la culpa o por qué no se pudo hacer lo prometido. Todos votamos para que se haga.
Agitar el miedo a la ultraderecha ya solo le da a la izquierda para sobrevivir. El factor diferencial en la política española reside en que, mientras el votante de derecha y extrema derecha está deseando que le pongan las urnas delante para ir a votar, al elector de izquierdas le supone un drama y un problema que le saquen las urnas.
Vox y ahora ya el PP de Alberto Núñez Feijóo saben perfectamente qué quieren y no malgastan ni un gramo de energía en nada que no sea derribar a Pedro Sánchez. No hay entropía en su relación. Todo lo que molesta, se aparca. Ya se resolverá cuando lleguen al poder.
El gobierno de coalición y sus socios conforman, en cambio, un manual de todo lo contrario. Un despliegue interminable y extenuante de energía que no se aprovecha, se pierde o se desdeña. Todo lo que molesta de unos y otros se magnifica y se convierte en prioritario, relegando así de manera automática lo verdaderamente prioritario al vuelva usted mañana.
El sistema político español se ha desequilibrado a fuerza de tanta entropía. Una derecha organizada para no desperdiciar un átomo de fuerza compite contra una izquierda dividida y desorganizada para desaprovecharla sin freno.
El sistema político español se ha desequilibrado a fuerza de tanta entropía. Una derecha organizada para no desperdiciar un átomo de fuerza compite contra una izquierda dividida y desorganizada para desaprovecharla sin freno
Podemos debe tomar nota de que, en las elecciones aragonesas, sin tener que hacer nada, algo tan corrupto como Se Acabó La Fiesta les doblara en votos. Pero Yolanda Díaz y Sumar también deben plantearse si aquellos que se quedan con un diputado son quienes aciertan y nada tienen que cambiar, mientras aquellos que ganan son los equivocados y quienes han de cambiar sus estrategias.
Pedro Sánchez y el PSOE pueden consolarse cuanto quieran culpando al PP y a Núñez Feijóo o a la división de la izquierda de todos sus males. Funciona si el objetivo se limita a poder afirmar que has aguantado mejor de lo que todos esperaban o anunciaban. Pero no da para más. Buena parte de esa energía que se invierte en agitar un miedo a la ultraderecha que ya no funciona estaría mejor empleada en otros esfuerzos más propositivos y menos deprimentes. La derecha y la ultraderecha ya han hecho su reflexión. No se equivoquen. Han llegado a la conclusión de que lo que hay les vale y si hay que soportarse, así sea.
Tampoco hace falta ser un observador muy perspicaz para percatarse de que llevamos meses asediados por una corriente principal de pensamiento que pretende convencernos de lo inevitable del giro masivo de la sociedad española hacia la derecha en el mejor de los casos y hacia la extrema derecha en el peor de los escenarios. Entropía cero. A toda máquina hacia la reconquista del poder.
A los teóricos del malestar y la juventud desatendida como coartadas para explicar el voto ultra se trata de sumar ahora la evidencia de los números de las encuestas. No es una opinión, es un hecho científico: España ha girado a la derecha. Negar el desplazamiento en esa dirección resultaría absurdo e infantil. Asumirlo como una condición inexorable sería comprar un engaño.
Las derechas saben lo que quieren y cómo conseguirlo. La izquierda está demasiado ocupada discutiendo qué quiere y cómo conseguirlo. Esa es hoy la gran diferencia. La buena noticia es que todavía se puede cambiar.
FOTO: FRAN LORENTE
FOTO: FRAN LORENTE
Con el clima antisindical que se vive en algunos países de Latinoamérica, como en la Argentina de Milei, aumenta el temor a que esta fiebre antiderechos se extienda por Europa…
Esta corriente ultra que recorre el mundo está siempre en contra del feminismo, del cambio climático y del sindicalismo. Da igual que sea Estados Unidos, Argentina, Brasil o España. Siempre hay un ataque sostenido contra los sindicatos. En nuestro país, los sindicatos están recogidos y amparados en la Constitución española. Son un elemento fundamental, la pieza esencial del diálogo social. A esa pregunta que lanzan los ultras de “¿para qué sirven los sindicatos?” yo les digo: ¿Quién consigue los derechos para los trabajadores? ¿Quién reivindica? ¿Quién exige? ¿Quién logra acuerdos? La mayoría de los avances que disfrutamos hoy en este país se deben a la lucha de los sindicatos. ¿Alguien piensa que el salario mínimo o la reforma laboral caen del cielo? Ni en los mejores sueños de Rajoy España iba a llegar a 22 millones de afiliados a la Seguridad Social, él soñaba con 20. Luego vienen aquí los ultras y los fachas de todo el mundo a España para oponerse a un gobierno que desmonta todos los mantras neoliberales y está demostrando que la justicia social no solo es compatible con el crecimiento económico, sino que genera más crecimiento. En esto los sindicatos no son ajenos, porque todos los logros que hemos conseguido como trabajadores han sido gracias al indiscutible papel de los sindicatos.