
El presidente José Antonio Kast y su esposa en la campaña electoral de 2025
FOTO: ELVIS GONZÁLEZ
Secretario general de la Central Unitaria de Trabajadores de Chile (CUT)
Los avances de las derechas en América latina no son hechos aislados, sino pulsiones de una crisis global que hoy se manifiesta con particular crudeza en nuestros países. El avance de fuerzas reaccionarias que bajo el ropaje del populismo autoritario logran imponer retrocesos en derechos sociales es una realidad que observamos en experiencias como la de Javier Milei en Argentina y que hoy, tras el triunfo electoral de la extrema derecha en Chile, nos obliga a una reflexión profunda.
Este escenario no es nuevo en la historia de Chile: el proyecto de José Antonio Kast representa una versión actualizada de lo que en 1958 conocimos como la «revolución de los gerentes» del presidente Jorge Alessandri. Al igual que en aquel entonces, asistimos a la captura del aparato público por parte de los principales grupos económicos dueños de Chile, instalando en los ministerios a los mismos rostros que administran los balances de la gran banca y la industria del saqueo o extractivismo. Esta «captura corporativa» busca desmantelar el rol del Estado como garante de derechos sociales para convertirlo en un facilitador de negocios, priorizando la macroeconomía por sobre el bienestar de las y los trabajadores.
El triunfo de Kast se asienta sobre una agrupación de las fuerzas de derecha que tiene un carácter histórico. Este bloque ha logrado agrupar un volumen de votación que no se veía de forma unificada desde la elección presidencial de 1946. En aquel entonces, las candidaturas de la derecha tradicional marcaron el último hito de una hegemonía similar antes de la reconfiguración del sistema de partidos. Esta unidad no es solo electoral, sino ideológica; han logrado instalar un relato de «orden y seguridad» que transforma en mayoría esta construcción del sentido común, incluso en vastos sectores populares que en el pasado se sentían representados por los partidos de izquierda y centro izquierda.
Gobernar sin las ideas con las que se gana
La derrota estratégica ante la extrema derecha no puede entenderse sin abordar la crisis de expectativas generada por el actual gobierno: desde el mundo sindical sostenemos la premisa política fundamental de que no se puede gobernar sin las ideas con las que se ganan las elecciones. Si bien valoramos avances materiales significativos como el aumento del salario mínimo y la reducción de la jornada a 40 horas —triunfos empujados por la persistencia de las y los trabajadores—, estas medidas han operado sobre las consecuencias del modelo sin alterar su arquitectura de poder, dejando pendiente la democratización real de las relaciones laborales. El manejo vacilante del proyecto de negociación colectiva ramal, postergado y diluido bajo el pretexto de una «correlación de fuerzas» adversa en el Congreso, es el ejemplo más nítido de una gestión que terminó priorizando la administración del Estado para “volver a la normalidad posestallido social” por sobre el cumplimiento de su promesa transformadora. Al renunciar a fortalecer el poder real de los sindicatos para no incomodar a la élite económica, el progresismo dejó un vacío de futuro y de identidad de la clase trabajadora que la derecha supo llenar con su discurso de orden punitivo, confirmando que cuando un gobierno claudica en la disputa por el sentido común de sus reformas transformadoras, termina pavimentando el camino a quienes hoy pretenden restaurar el viejo orden de los gerentes.
La contradicción se resuelve en la subjetividad: el neoliberalismo ha logrado que el trabajador se perciba como un consumidor, que ve en los derechos laborales «trabas» para el emprendimiento
La falta de conexión popular del proceso constituyente
A esto se suma una reflexión que la izquierda y el progresismo aún tienen pendiente: la derrota del proceso constituyente. Existe una falta de conexión alarmante con los sectores populares. Durante los últimos años, el lenguaje de la política institucional se alejó de las urgencias del «Chile real». El fracaso constitucional no fue solo un error comunicacional; fue la evidencia de que el progresismo y las emergentes fuerzas de izquierda, como la “lista del pueblo”, dejó de hablarle al pueblo que vive en la precariedad, que llega a cumplir con sus gastos de fin de mes sobre la base del crédito, para hablarse a sí mismo en circuitos de élite académica o identitaria. Mientras la o las izquierdas hablaban de propuestas alejadas a las necesidades del trabajo, Kast hablaba del miedo a la delincuencia y del costo de la vida. Esa desconexión es la que permitió que el trabajador, sintiéndose abandonado por el Estado y el proyecto de transformación que dejaba atrás la constitución pinochetista, buscara refugio en la falsa seguridad del autoritarismo que representaba Kast.
La revolución laboral contra las y los trabajadores
Como dirigentes sindicales, nos enfrentamos a la paradoja de trabajadoras y trabajadores que optaron por un programa que explícitamente busca desmantelar sus protecciones. Bajo el título de «revolución laboral» —concepto central del Plan de Gobierno de Kast—, se propone una transformación regresiva:
La contradicción se resuelve en la subjetividad: el neoliberalismo ha logrado que el trabajador se perciba como un consumidor, que ve en los derechos laborales «trabas» para el emprendimiento. La extrema derecha ha capitalizado este aislamiento individualista. Esta idea de revolución laboral es una continuidad histórica del plan laboral de la dictadura de 1979 que desmanteló el poder colectivo de las y los trabajadores.
Al renunciar a fortalecer el poder real de los sindicatos para no incomodar a la élite económica, el progresismo dejó un vacío de futuro y de identidad de la clase trabajadora
El desafío de la unidad
La tarea para la CUT es clara: recuperar la confianza de las y los trabajadores que hoy ven en la derecha un refugio para la incertidumbre de sus vidas. Debemos volver a las poblaciones, a los puestos de trabajo y a los campus estudiantiles para reconstruir un tejido social que se rompió. No basta con la gestión institucional; necesitamos una pedagogía política que conecte las desigualdades que se viven en el trabajo con la democracia.
El triunfo de la extrema derecha en Chile es un llamado de alerta global. Si el sindicalismo y la izquierda no ofrecen un proyecto fundado en la justicia social, la derecha lo hará desde el autoritarismo de los gerentes. Nuestra respuesta es, y será siempre, la organización para la superación del neoliberalismo.