Alberto Núñez Feijóo en la Feria Fruit Attraction de Madrid.
FOTO: AGENCIA EFE

El Hada Negra y el Mirlo Blanco

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Manuel Rivas

Escritor

Hubo un tiempo, ya remoto en la política impaciente de los algoritmos, en que Núñez Feijóo habló de economía. De hecho, en su traslación de Galicia a Madrid y en la entronización mágica en Génova, fulminado Casado por el Hada Oscura, en su “branding” de mirlo blanco como ganador siempre destacaban dos cualidades: el eficaz contable neoliberal y el político moderado, con la cabeza giratoria en el centro.

Cuando Feijóo habló de economía fue al poco tiempo de su llegada triunfal. Feijóo no es muy taurino, pero le encanta que lo lleven a hombros. Así salió de Galicia y así entró en Génova, a hombros. Por los despachos, los palcos, las gradas y las primeras planas. Un verdadero paseo triunfal con el perdedor Casado fulminado por el Hada Oscura y caído por “cargar la suerte” en el centro exacto del abandono.

Si Casado fue fulminado por decir la verdad, una verdad sobre la corrupción, ¿qué se esperaba de Feijóo por parte de los poderes que lo auparon? En la política estadounidense anterior a Trump, se contaba esta broma histórica: “Washington no podía decir una mentira, Nixon no podía decir una verdad, y Reagan no podía distinguir la diferencia”. Feijóo fue jaleado en Madrid, un híbrido de jornada laboral conservadora y días de fiesta liberales, capaz de pescar a derecha e izquierda. En el río del desencanto todo lo que cae en la red es pescado.

El día del Hundimiento Nacional
El 5 de julio de 2022 iba a ser un gran día para Núñez Feijoo. Fue una convocatoria excepcional. Acudieron todos los barones, congresistas y senadores. Todos los medios de comunicación. El nuevo líder iba a marcar la diferencia. Se habían acabado las medias tintas. España entera iba a saber lo que iba bien y lo que iba mal. La verdad y la mentira.

De cumplirse el pronóstico de lo que Feijóo dijo con acento de siniestro total, esa fecha podría ser recordada como el Día del Hundimiento Nacional. Un discurso sobre el dramático estado de la economía española. Lo que estábamos viviendo, un “desastre estructural” causado por el “gobierno más regresivo” de la historia. Un viaje al abismo que resumió así, a modo de colofón: “Ya no estamos hablando de síntomas, sino de hechos claros. Nos dirigimos aún con mayor intensidad a una profundísima crisis económica”.

Fue una pifia histórica de tal dimensión que la mayoría de los amables analistas y comentócratas políticos prefirieron enterrarla en el olvido. No sabemos si Feijóo era más Nixon o más Reagan. Desde luego, no había rastro de Washington. Pero, por lo menos, el flamante nuevo jefe de la derecha española, al hablar de economía, todavía parecía querer comparecer en el campo de la realidad.

Fue su último día.

A partir de entonces solo existió el Apocalipsis, con los cuatro jinetes negacionistas. El Cambio Climático, la Violencia de Género, la Xenofobia contra la Migración y la Memoria Democrática. El Gobierno legítimo pasó a tener la consideración de Enemigo. El lenguaje político fue sustituido por una especie de terror semántico. Una permanente arenga intimidatoria. La desinteligencia, la descivilización, ocupó el lugar de la argumentación. Incluso la estética personal y la gestualidad adoptó un estilo de autoritarismo maxilofacial. El equivalente deportivo a esta política es lo que llaman MMA o Artes Marciales Mixtas, en la que todo vale.

Feijóo no pesca ningún voto a su izquierda y el PP está desangrándose a su derecha por el neofascismo de Vox

Es significativo que el lema más movilizador de las derechas sea “¡Me gusta la fruta!”, que en la política española no tiene otra traducción que la grosería de llamar al contrincante “hijo de puta”. En lugar de disculparse, hasta el propio líder se suma al karaoke de la grosería. No creo que haya ningún caso en que la consigna programática de una fuerza política democrática tenga por primer punto tratar de “Hijo de Puta” al adversario, que además es el presidente de tu nación.

En la guerra fría, la estrategia de escalada amenazante y de intimidación al contrario se denominó en Estados Unidos la política de brinkmanship, cuyo significado es “ir al borde del abismo”. La derecha en España está yendo más allá del borde. Feijóo no pesca ningún voto a su izquierda y el PP está desangrándose a su derecha por el neofascismo de Vox.

Se le da muchas vueltas a este viaje suicida, autodestructivo, pero creo que hay una causa central, la desmemoria.

En la Escuela de Traductores de Toledo eran dos las enfermedades profesionales especialmente molestas. Las posaderas sufrían porque las jornadas eran interminables. Se cuenta que a un monje al que reprocharon un fallo léxico se dio la vuelta, levantó el hábito y dejó a la vista la callosidad de sus nalgas. Otro problema más grave fue el llamado “mosquito de la desmemoria”, un tipo de mosquito que tenía por hábitat el buen clima de los pergaminos. Cuando alguno de los esforzados traductores hacía un alto y bostezaba, el mosquito penetraba en la boca del sabio verbívoro y su picadura podría provocar el borrado de una lengua. Un efecto parecido a un virus en un disco duro. La variante contemporánea del mosquito de la desmemoria parece haber encontrado un ecosistema ideal en la sede central del PP, en la calle Génova. Afecta a todo aquel que toma posesión en el puente de mando. En este caso no borra lenguas, sino períodos históricos.

Es significativo que el lema más movilizador de las derechas sea “¡Me gusta la fruta!”, que en la política española no tiene otra traducción que la grosería de llamar al contrincante “hijo de puta”

Lo que en neurología se conoce como “amnesia retrógrada”. Nadie habla del “mosquito de la desmemoria”, pero haberlo, haylo. No hay alto dirigente al que no haya picado. La prueba es la unanimidad, sin matices ni fisuras, a la hora de definirse sobre la “memoria histórica” o “memoria democrática”. O “memoria”, sin más. La respuesta menos áspera suele ser: “No hay que remover el pasado; nosotros miramos hacia adelante”. No pocas veces se responde con un exabrupto, como aquel director general de RTVE en tiempos de Rajoy, que dijo: “¡Estoy de memoria histórica hasta los cojones!”. O el propio Rajoy: “Para memoria histórica, ¡ni un duro!”. Pero el mosquito de la desmemoria es muy selectivo a la hora de administrar los olvidos. Lo que hay que borrar, enterrarla con glisofato, es la memoria fértil. La España que exportó por el mundo el término “liberal”. El corazón central de todas las vanguardias, éticas y estéticas, que fue la República española, y que debería ser un blasón de orgullo colectivo, sin partidismos. Todo eso hay que bombardearlo. Borrarlo. Olvidarlo. Sin embargo, no es “mirar hacia atrás” cuando se magnifica, expone y celebra el período imperial o las figuras de “antepesados” como los Reyes Católicos o el Cardenal Cisneros. Una posición hipócrita que lleva a situaciones históricas de absurdo “humor pánico”, como la de políticos permanentemente envueltos en la bandera que, por un lado, se jactan de la España Imperial, esclavista, antisemita, inquisitorial hasta la médula, y por otro apoyan, o jalean a Netanyahu, en el genocidio de Gaza.

La cuestión de la desmemoria es clave. Por algo muy sencillo: no puede haber una democracia avanzada, fértil, sin memoria democrática. La desmemoria está detrás del país “expulsivo” hacia los emigrantes. La desmemoria permite el abuso o ese clima de impunidad de estamentos elitistas y clasistas, lo que Rubén Darío llamó “la canallocracia”. La desmemoria facilita un clima de inmoralidad, esa corrupción sistémica, que exige ya una revolución ética y un firme encofrado legal en forma de corruptora. Una ruptura con la corrupción que debería comenzar por lo más alto, el Emérito y su Corte de los Milagros.

En el viaje a ninguna parte, ¿cuánto tardará el Hada Negra en despedir al Mirlo Blanco?