Carmen Arias toca la puerta de la casa donde nació, hoy abandonada, en Navia de Suarna (Lugo)
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GEOGRAFÍA DEL RECUERDO: REGRESO A NAVIA

MUJER AFGANA

EL VIAJE DE LA PRESIDENTA DE MADRES DE PLAZA DE MAYO, CARMEN ARIAS, AL ESCENARIO DE SU INFANCIA EN LOS ANCARES LUCENSES

La presidenta de las Madres de Plaza de Mayo no es madre. No tuvo hijos, así que la dictadura no pudo llevársele a ninguno. Pero a Carmen Arias los militares de la Junta Militar de Videla le secuestraron a su hermano Ángel, el 30 de abril de 1977. Nunca más le vieron, tampoco a su compañera. Ángel Arias tenía 25 años y estudiaba Medicina. Era el pequeño de cinco hermanos, el único que nació en la Argentina. Los demás eran de Navia de Suarna (Lugo). 

Cuando Carmen tomó el testigo de su madre, y recibió el pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo, le dijo a Hebe de Bonafini, la carismática presidenta de la asociación en aquellos años de terror: «No tuve hijos, pero entre ustedes y mi hermano Ángel me hicieron madre”. Ese pañuelo es el símbolo de la lucha de las Madres de Plaza de Mayo por recuperar la memoria de sus hijos, hermanos, de todos los familiares desaparecidos en la dictadura. Secuestrados y asesinados por sus ideas, las ideas que perseguía la dictadura. Así que ese pañuelo es lo primero que se ponen Carmen y también Sara Mrad, de las Madres de Plaza de Mayo de Tucumán, al llegar a Navia de Suarna. Antes que el abrigo. Antes que el paraguas. Lo primero, el pañuelo. 

Las Madres de Plaza de Mayo recibieron el premio de la Fundación Abogados de Atocha en un acto celebrado en enero en Madrid. Pero volar desde la Argentina y no hacer una visita a Galicia, a la patria chica, a la Navia de los Ancares lucenses, a Carmen se le hacía como un sacrilegio. Comisiones Obreras de Madrid puso los medios para que esta visita fuese posible. Y Carmen, junto a Sara, cumplió su sueño. 

Carmen Arias y Sara Mrad atravesando el puente medieval sobre el río Navia
FOTO: FRAN LORENTE

Viaje a los Ancares

Viajamos a Galicia en el enésimo día de un tren de borrascas inacabable. Lluvia, viento, nieve y frío nos acompañaron durante todo el viaje desde Madrid, pero al llegar al pequeño concello de Navia de Suarna, que integra a más de 100 aldeas dispersas por los montes de los Ancares, Carmen saltó del coche sin pensar en el abrigo. «¡Allá está el río, vamos! ¡Al lado del río estaba mi casa!”. Durante el viaje, Carmen pensó que quizás no recordaría nada de su pueblo. Salió de allí con ocho años, rumbo a lo que entonces se consideraba «el paraíso”, la Argentina. Salir de aquella España de los 50, gris, pobre y triste, de esa dictadura que robó a la gente sus derechos, pero también el sustento, es lo que movió a su familia a esa aventura impresionante de cruzar el Atlántico en barco. Carmen Arias había visitado Navia, con su marido, en 1988. Entonces tenía 38 años y hoy tiene 86. Ha pasado muchísimo tiempo.

Pero sí: Carmen se acordaba de todo. Se acordaba de que en la plaza del Ayuntamiento donde aparcamos se juntaban los gaiteros en la fiesta de la Virgen de los Dolores, y se cortaba el pulpo a tijera sobre los platos de madera. Se acordaba del hórreo donde su abuelo guardaba las verduras —hoy ese hórreo es propiedad de la Diputación de Lugo— y se acordaba, por supuesto, de su casa, hoy deshabitada y semiderruida, pero que evoca una infancia feliz —a pesar de las penalidades y el hambre— cerca del río y de ese maravilloso puente medieval. «Mi madre bajaba a lavar la ropa al río, yo una vez me caí, jugando, y desde entonces tengo mucho miedo al agua”, se ríe Carmen, pero, a la vez, llora. Se sorprende de haber reconocido todo, de haber encontrado a la primera el camino a casa, a pesar de la oscuridad y las décadas transcurridas. El agua del Navia baja con violenta torrentera, porque ha nevado mucho y las montañas están arrojando el agua del deshielo.

Yo a la Argentina le agradezco todo, es un hermoso país…, pero yo nunca me nacionalicé. Sigo siendo española

La casa de Couso

Carmiña regenta la acogedora casa rural donde Carmen y Sara van a dormir en Navia de Suarna. Y Carmiña nos da la primera alegría de la noche. Comentamos el motivo de nuestro viaje y ella se interesa por la familia de Carmen y busca entre sus recuerdos. Después de algunas referencias que no dan resultado, hay un sintagma que hace que la bombilla se encienda en la cabeza de la mujer: «la casa de Couso”. «Entonces, tú eres la nieta de Couso”, dice Carmiña. «Sí, yo soy la nieta de Couso”, dice Carmen, con semblante risueño, ante la posibilidad de que haya, aún, algún familiar que se acuerde de ella y de sus hermanos y sus padres. Porque Carmen ha venido a Navia sin esperanzas de encontrar a nadie. 

 “El hijo de tu primo Pepe trabaja en el Ayuntamiento —dice Carmiña— y Pepe vive en Fonsagrada”. «Él era profesor, ¿verdad? Y su mujer…”, recuerda Carmen. «Sí, claro —confirma Carmiña—, eran profesores, ya están jubilados”.

Carmen casi no puede pegar ojo esa noche. Demasiadas emociones, todas juntas, en la oscuridad de la llegada. El día siguiente la sorprendería con más alegrías. Nos acercamos al Ayuntamiento a buscar a Mario Álvarez. Carmen se apellida Arias Álvarez. La pequeña comitiva que venimos de Madrid esperamos, conteniendo la respiración, a que baje el joven funcionario de Navia. Cuando se encuentra con Carmen, se funden en un abrazo. No lo recordaría hasta más tarde, pero Mario era el niño de siete años que en el 88 jugaba con el marido de Carmen Arias, cuando visitaron el pueblo por primera vez desde la infancia. «Mi abuelo era tu padrino, entonces —dice Mario—. Y mi padre, tu primo”. Mario está sorprendido, un poco estupefacto con lo que esta mañana de martes le ha deparado. Poco a poco se van abriendo los recuerdos en su mente: «¡Tu marido era aquel polaco que jugaba conmigo un verano, yo tenía siete años!”. «¡Mirá cómo se acuerda de Miete!”, dice Carmen. 

 “Tenéis un país muy chulo, Argentina”, conversan Mario y Carmen, recién enterados de que comparten la misma sangre. «Podés venir cuando querás —le dice Carmen—. Yo a la Argentina le agradezco todo, es un hermoso país…, pero yo nunca me nacionalicé. Sigo siendo española”. «Lo mismo me pasa a mí —comparte Mario—, siempre me dicen que me empadrone en Lugo pero yo siempre digo que yo soy de Navia”. Y ríen, y se abrazan con cariño.

Salimos del Ayuntamiento con la promesa de que Mario llamará a su padre. Carmen tiene lágrimas en los ojos. «Ya se cumplió mi sueño”, dice.

Carmen se reencontró con sus familiares por parte de madre, Mario, Pepe y Marisol
FOTOS: FRAN LORENTE

Navia la migrante

Seguimos paseando por Navia, recordando la infancia de Carmen. «Mi madre no quería irse —nos cuenta—. Pero tenía que seguir a mi padre. Él ya estaba en Buenos Aires, llevaba allí un año, en 1949, porque después de la guerra aquí no había cómo ganarse la vida. Mi padre estaba en el bando republicano y no le gustaba nada Perón, porque era amigo de Franco, decía. Para mí y mis tres hermanos fue una aventura. En 1950 nos fuimos para allá, al paraíso. La travesía de 16 días en barco, con mi madre enferma por el viaje casi todo el tiempo, fue muy dura, física y emocionalmente. Yo llevaba un papelito de una amiga que me había escrito «Por felicitarte a ti me he quedado sin dinero, ya te puedes figurar lo mucho que yo te quiero”. 

Recuerdos de una niña de siete años guardados con sumo cuidado por Carmen, como unos cuadernitos en gallego (cuando aún se podía escribir en ese idioma en la escuela) o la memoria de unos ríos que nunca ha olvidado: «Miño, Duero, Tajo, Guadiana…”. Y nos cuenta, riendo, que de los ríos argentinos no se acuerda.

Ya se ha corrido por el pueblo la voz de que hay una antigua vecina de Navia que ha venido de la Argentina. Se nos acerca un hombre corpulento y con cara afable y nos saluda. «Soy José Fernández, el alcalde de Navia». Carmen está encantada con este protagonismo suyo en su aldea gallega. Fernández, del PSdeGa, cuenta que estuvo en 2009 en Buenos Aires, donde visitó el Centro Gallego de Navia de Suarna, que es el único que queda en la capital argentina (todos los centros gallegos de Argentina se fundieron en ese, el de Navia). “Fuimos los alcaldes con más migración a la Argentina: los de Lugo, Chantada, Fonsagrada y Navia1 . En ese año, en 2009, teníamos más de 700 residentes ausentes, solo de Navia de Suarna. Y la mayoría estaban en Argentina. La emigración empezó en los años 20 y no acabó hasta los años 50. A partir de ese momento ya los migrantes se comenzaron a ir a Francia, a Suiza, y, dentro de España, a Cataluña. Vamos, que tenemos 104 aldeas en el concello y todas, salvo seis o siete, tienen algún migrante. Se marcharon familias enteras”. Como la familia de Carmen.

Después de la guerra aquí no había cómo ganarse la vida. Mi padre estaba en el bando republicano y no le gustaba nada Perón, porque era amigo de Franco

Ángel

El más pequeño de los hermanos de Carmen, Ángel, fue el único que nació en Argentina. Se convirtió en un estudiante modelo, se decantó por la carrera de Medicina. «Este pequeño va a ser un gran hombre”, le dijo a su familia el director del colegio, cuenta con orgullo Carmen. En seguida, Ángel comenzó a militar en el PRT, el Partido Revolucionario de los Trabajadores, la rama política de una organización guerrillera de ideología marxista-leninista. “Todos en la familia estábamos asustados, le decíamos que se fuese a vivir a otro sitio, a Cuba, por ejemplo”. Pero Ángel les dijo: “Allá ya se ganó la revolución. Ahora hay que ganarla acá”. Carmen y su familia sabían que Ángel y su compañera corrían riesgos. Los veían a escondidas, nunca en los domicilios de él o de la familia. En uno de esos encuentros, Carmen y Ángel comentaban el hecho de que ella y su marido no tuviesen hijos. “Mirá, flaca —le dijo Ángel—, más importante que parir un hijo es sentirse madre de todos los hijos del mundo”.

Fue premonitorio. Los militares allanaron la casa de Ángel y su pareja. A tiros. Los secuestraron. Nunca más supieron de ellos. Era el 30 de abril del 77. Justo ese fue el primer día que las Madres de Plaza de Mayo comenzaron sus paseos, a pesar del estado de sitio. 

La familia Arias Álvarez se enteró de la desaparición de Ángel por la inmobiliaria del piso de alquiler: fueron a ver a Carmen y a su marido para pedirles la cuenta de los cristales y puertas rotos por los militares durante el allanamiento. Movieron todos los hilos a su alcance. Uno de los tíos de Carmen, Nicasio, era funcionario en Madrid, e hizo llegar al cónsul español en Buenos Aires una petición de información sobre el paradero de Ángel. La respuesta fue la misma que les dieron a la familia las autoridades: “Ángel no está en ningún sitio”. 

“Mi madre se hundió —dice Carmen—, y yo con ella, porque fui yo quien tuvo que dar la noticia a la familia. Mi padre fue categórico: ‘al menos estaba haciendo lo que quería’, dijo. Mi madre y yo empezamos a caminar con las Madres de la Plaza de Mayo todos los jueves”.

Carmen Arias con Pepe y Marisol, sus primos hermanos
FOTO: FRAN LORENTE

El primo Pepe

José Álvarez, el primo hermano de Carmen y padre de Mario, cogió el coche desde Fonsagrada en cuanto su hijo le contó que había una mujer en Navia que había venido de Argentina buscando a su familia. El abrazo en el que se fundieron los primos fue de los que no se olvidan: ni por ellos, los protagonistas, ni por los que lo contemplamos con los ojos llenos de lágrimas. Pepe y Carmen sí se recordaban perfectamente, no solo de la infancia, también del año 88 cuando Carmen, sus padres, y su marido el polaco pasaron unas cortas vacaciones en Navia. 

Pepe y Carmen se cuentan recuerdos, brindan con una copa de Mencía delante de un plato de pote gallego. “Si hay que pedir tres deseos, el primero es que echemos a Milei”, dice Carmen alzando su copa. Nos cuenta la presidenta de Madres de Plaza de Mayo anécdotas de la fundadora, Hebe de Bonafini, y de cómo hablaba todos los días con el fallecido papa Francisco, al que le enviaba ungüentos para su dolor de rodillas. “Cuando aún no era Francisco —dice Carmen— y solo era Jorge Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, las madres le tomamos la catedral, porque no quiso hacer una misa en la que todas pudiésemos decir los nombres de nuestros desaparecidos. Porque eso es política, dijo Bergoglio. Ah, ¿y el Vaticano no es política?, le dije yo”. 

“Cuando llegó Alfonsín —prosigue Carmen, ya lanzada a hablar como la dirigente de una asociación que goza de una raigambre y un respeto impresionantes en Argentina—, nos citó en la Casa Rosada y, en vez de recibirnos, se fue al aniversario de la muerte de Carlos Gardel”. Lo cuenta como ejemplo de que no siempre, fuera de la dictadura cívico-militar, fueron bien tratadas. Se queja, junto a Sara Mrad, la madre de Tucumán, del Informe Sábato y de la Conadep (la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas). “Si se los llevaron, algo habrían hecho”, dice Carmen que fue la conclusión del Informe. Ella y su padre fueron citados en la Comisión y acabaron abandonando la sala. Las madres no siempre han sido tratadas con respeto. “Las locas de Plaza de Mayo”, nos llamaban muchos. No entendían que hubiésemos renunciado a las indemnizaciones por los desaparecidos”. Las Madres de Plaza de Mayo llevan años diciendo NO a la reparación económica que inició Raúl Alfonsín. Para cobrar, había que dar por muertos a los desaparecidos. Pero ellas se han negado. Se trata de un chantaje para hacer digerible el perdón y el olvido planificados desde el poder. Las Madres de Plaza de Mayo transformaron su dolor privado en una lucha política colectiva por la verdad, justicia y memoria de los 30.000 desaparecidos. Ya no luchan por sus hijos. Luchan por la causa de todos los hijos. 

Las Madres de Plaza de Mayo transformaron su dolor privado en una lucha política. Ya no luchan por sus hijos. Luchan por la causa de todos los hijos

Despedida

Pepe y Carmen, del bracete, continúan pateando los adoquines de Navia, y se acercan a una cafetería donde han quedado con Marisol y Montse. Marisol, octogenaria como Carmen, es su prima: sus madres eran hermanas gemelas. Lloran ambas mujeres. “Cualquiera contaba” repetían una y otra vez Marisol y Montse, en una especie de sorpresa boquiabierta de haberse encontrado con una pariente tan cercana, y tan lejana a la vez. “Cualquiera contaba”, como el que dice “quién podría esperarse esto”. Ni siquiera Carmen contaba con ello, que creía que iría a Galicia solo a ver los paisajes de su infancia, no a abrazar a gente de su misma sangre. Ha sido un “hola y adiós” emocionante y muy triste a la vez, porque todos saben, cuando se dan el último abrazo, que no volverán a verse. 

“No sé si merezco tanto aprecio” dice Carmen Arias, con su dulce acento porteño, tras abrazar de nuevo a Pepe, a Marisol y a Montse. “Ya no tengo palabras para decir todo lo bien que me he sentido. No vine a cualquier lado. Vine al lugar más hermoso de la tierra”.

La secretaria general de CCOO de Madrid, Paloma López Bermejo, y la Secretaría de Política Institucional, Paloma Vega López, acompañaron a Carmen y Sara, Madres de Plaza de Mayo, en su visita a Navia de Suarna. El viaje se produjo tras recibir el premio de la Fundación Abogados de Atocha 2026 por su lucha por los derechos humanos desde hace 50 años, fecha del golpe de estado en Argentina.
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EL SIGNIFICADO DE LA MORRIÑA

Paloma López Bermejo, secretaria general de CCOO de Madrid.

Vamos a acompañar a Carmen, Carmen Arias, representante de las Madres de Plaza de Mayo, a su pueblo natal, Navia de Suarna. Salió de allí a los 9 años, hoy tiene 84. Un premio, el de la Fundación Abogados de Atocha, inesperado para ellas, pero muy muy merecido, nos ha llevado a un viaje igual de inesperado pero ansiado en el corazón de Carmen y, por contagio, en los corazones de todos los que la acompañamos. Vamos en una furgoneta alquilada para la ocasión, es de noche y llueve, la tensión que tenemos no es por la lluvia ni la oscuridad, si no por las ganas, las ganas de ver a Carmen llegar a su pueblo.

Nos cuenta que está “tan emocionada” que su emoción nos embarga a todos y tenemos anhelo por llegar y descubrir y vivir ese momento. Un momento irrepetible, el de una vuelta fugaz al lugar que la vio nacer y donde fue avanzando su infancia entre el monte y el río. Nos cuenta dónde estaba la casa de sus padres —hacia la montaña— y dónde estaba la casa de sus abuelos —hacia el río—. Vemos en sus ojos una lágrima fugaz, y nos reímos, con la risa de las emociones a flor de piel, diciendo que esta es la morriña. Y en ese preciso instante todos descubrimos el auténtico sentimiento, lo que significa de verdad la morriña.

Marcharse no es fácil, pero a veces es la única opción. Fueron muchos los españoles que se tuvieron que marchar, de Navia más de 700 residentes ausentes siguen por Argentina; hoy a algunos parece que se les ha olvidado que migrar no es un antojo y señalan cruelmente a quienes han de abandonar su corazón en su patria. Ellos, ellas también sufren la morriña.

La vida después en Argentina tampoco fue sencilla, otra dictadura, un hermano desaparecido, años de lucha. Y sin desfallecer.

Carmen vuelve a su infancia, y con ella volvemos todas a su infancia y a la nuestra. Cuando llegamos a Ponferrada va recordando los caminos, y los silencios son cada vez más largos. Carmen va atenta a la carretera a pesar de ser una noche muy cerrada. Nos queda poco camino, pero el deseo de llegar hace que el tiempo se eternice. Vuelven las risas, pero Carmen va en silencio siguiendo cada recuerdo, con su emoción contenida. Una curva y otra más, nos dice que le recuerda a Villavicencio, allá en Argentina, que tiene 365 curvas, una para cada día del año.

Carmen y Sara, no cabe más sabiduría en cada frase, nunca les agradeceré lo suficiente todo lo aprendido, la generosidad, la memoria fértil.

Lleva Carmen, desde que llegó a Madrid, dándonos las gracias por el viaje, por el premio y por llevarla a su infancia y, aunque que se lo decimos, una y otra vez, no nos hace caso cuando le aseguramos que el agradecimiento y el premio es nuestro por haberlas conocido y compartido tanto.

Acabamos de llegar. Nos recuerda que la primera casa del pueblo era de su padre, una casa humilde, de piedra, abajo se escucha el río, los ladridos de los perros, y se huele el humo de las chimeneas en invierno. El puente, el hórreo y el trozo de río donde se lavaba a mano… Voy escribiendo en tiempo real, no quiero perderme ni un momento, ni una mirada, ni una sonrisa, ni una sola de nuestras lágrimas, las mejores lágrimas: las del reencuentro.

Al final del viaje solo nos queda una frase: “Se cumplieron mis sueños”. 


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Nota: Carmen no espera ver a nadie de su familia, pero allí, gracias a Carmiña, que la hospedó durante dos días, encontramos a Mario, hijo de su primo José, que ahora vive a una hora escasa de Navia, y que a su vez llamó a Mari Sol, que llegó con su hija. Pasamos todo el día juntos.

Los abrazos, los besos, esos que recomponen el alma, ya os los podéis imaginar.

 

RAFAEL BENGOA

ASESOR DEL OBAMACARE Y EXCONSEJERO DE SANIDAD Y CONSUMO DEL GOBIERNO VASCO

Lorena Gamito

DIRECTORA DE ACCIÓN HUMANITARIA DEL COMITÉ ESPAÑOL DE LA UNRWA

Estela Díaz

MINISTRA DE MUJERES Y DIVERSIDAD DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES, ARGENTINA