La fosa infinita

Fosa de El Espinar (Segovia)
Voluntarias de la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) en la fosa de El Espinar (Segovia)

Un minero jubilado y voluntario de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) encuentra el anillo de boda de un sindicalista madrileño asesinado por sublevados franquistas el 25 de julio de 1936 en El Espinar (Segovia). Se llamaba Eugenio Insúa, tenía 29 años, trabajaba en la Casa de la Moneda y dio su vida por defender la democracia en España. Fue arrojado sin identificar a una fosa común junto a otros obreros a los que dieron muerte en la plaza del pueblo. Tras más de ocho décadas de desesperada y dolorosa búsqueda, su hija Rosa María, de 84 años, ha recuperado por fin los restos de su padre. Con este reportaje Madrid Sindical rinde homenaje a su memoria. Esta es su historia.

 

Texto: Alejandra Acosta; fotos: Fran Lorente; vídeo: Fran Lorente, Javier Cantizani

Leches, ¿qué pone aquí?”, preguntó Juan Carlos García Barredo a un compañero al descubrir que el anillo de oro que acababa de encontrar cuando excavaba en una fosa de la Guerra Civil en el cementerio de El Espinar (Segovia) tenía una inscripción. No llevaba las gafas puestas y el colega le sacó de dudas. ¡Eureka! No solo era una fecha (“1-6-931”), también la clave que ha permitido a la hija y nietas de Eugenio Insúa poner fin a 84 años de búsqueda y lacerante incertidumbre.

Las nietas de Eugenia Insúa con el anillo encontrado en la fosa de El Espinar
Las nietas de Eugenia Insúa con el anillo encontrado en la fosa de El Espinar

No cabe duda de que la alianza que Juan Carlos halló el pasado 10 de septiembre pertenecía a Eugenio, un sindicalista madrileño que trabajaba en la imprenta de la Casa de la Moneda y que el 21 de julio de 1936, tras un llamamiento público a la afiliación sindical a través de los periódicos de entonces, no se lo pensó dos veces y partió de inmediato en un camión junto a otros obreros hacia la Sierra de Guadarrama. Por las informaciones que recogen los periódicos de la época es probable que su misión fuera la de proteger los embalses que abastecían de agua a Madrid. El diario Ahora, que se editó en España entre 1930 y 1938, publicó en aquellas fechas imágenes de un grupo de trabajadores, entre los que aparecen mujeres y niños, fotografiados delante de la presa del Villar. El pie de foto informa de que son “empleados y obreros de la Casa de la Moneda” y el titular reza: “En Madrid no faltará el agua”. 

Tan solo cuatro días después de haber partido hacia la sierra, Eugenio fue acribillado en El Espinar. Con él cayó un grupo de al menos 14 trabajadores a los que dispararon cuando almorzaban desprevenidos en la plaza del pueblo. Les enterraron clandestinamente y sin identificar en una fosa común en una zona apartada del cementerio de la localidad. Eugenio tenía 29 años. Se había casado con Irene Serrano el 1 de junio de 1931, justo la fecha grabada en el anillo. En la foto de boda se ve perfectamente la joya en su mano derecha. El joven matrimonio tenía dos hijos, Juanito, de cuatro años, y Rosa María, de seis meses. Eugenio se acercó a Madrid el 24 de julio porque no quería perderse el cuarto cumpleaños de Juanito. Fue el último día de su vida.

Pantallazo del móvil de Alejandro, nieto de Eugenio Insúa

“Estamos flipando, es la hostia. Nos hemos roto”, escribió el minero en el whatsapp de la familia del miliciano

García Barredo, un minero de El Bierzo ya jubilado, de 55 años, es voluntario de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Desde que se retiró de la mina en 2007 ha participado en prácticamente todas las exhumaciones organizadas y financiadas por la ARMH para localizar a víctimas de la Guerra Civil que yacen sin identificar en fosas comunes por todo el territorio español. Los trabajos en la fosa de El Espinar habían comenzado el pasado 1 de septiembre. Buscaban a Eugenio a petición de la familia. Pero habían transcurrido ya diez días de minucioso trabajo en un subsuelo muy complicado y la esperanza de dar con sus restos se desvanecía. La familia se preparaba ya para una decepción. Por eso al comprobar que la fecha grabada en el anillo coincidía con la de la boda de Eugenio el equipo de voluntarios rompió a llorar

Juan Carlos García Barredo, minero jubilado voluntario de la ARMH
Juan Carlos García Barredo, minero jubilado voluntario de la ARMH
Estamos flipando, es la hostia. Nos hemos roto”, escribió Juan Carlos a las 9,15 horas del 10 de septiembre en el grupo de whatsapp de la hija y nietos del miliciano tras cotejar con el certificado de matrimonio que éste se había casado con Irene Serrano y Bartolomé exactamente el día 1 de junio de 1931. “Imagínate la alegría. Durante las exhumaciones aparecen muchos objetos, como peines, estilográficas, herrajes de corsés, trenzas de pelo, rara vez algún documento, pero un objeto que identifique tanto a una persona es un hecho excepcional”, explica el minero. “Ha sido el momento más emotivo que yo he vivido desde que ayudo en la exhumaciones”.  Los restos de Eugenio Insúa han sido trasladados a Ponferrada, donde se ubica la sede de la ARMH. Una vez que finalice en un laboratorio el preceptivo estudio de ADN que certifique su identidad serán entregados a la familia.
“Sus compañeros contaron a mi madre que vieron cómo le pegaban un tiro en el vientre”

El hallazgo del anillo ha sido muy fuerte”, declara con emoción contenida Rosa María Insúa, la hija del miliciano. Tenía pocos meses cuando mataron a su padre y han sido necesarios 84 años, tantos como ella tiene, para cumplir su derecho de localizar al padre y darle sepultura en el lugar que ella decida y que será junto a los de su madre, Irene -fallecida en 1993- en el cementerio de Villaviciosa de Odón. Su hermano Juan, que tenía cuatro años cuando mataron a su padre, murió también a finales de los ochenta. Y esa es la pena que ensombrece el hallazgo. “A ellos les hubiera encantado vivir este momento, tenían una enorme ilusión por encontrarlo. Hace años mi madre y mi hermano fueron a El Espinar a ver si averiguaban algo, pero nadie supo darles señas. Mi madre estaba convencida de que su marido había muerto allí porque los propios compañeros le contaron que vieron cómo le pegaron un tiro en el vientre”, revela Rosa María.

Rosa María Insúa, hija del miliciano, rodeada de dos de sus hijas
Rosa María Insúa, hija del miliciano, rodeada de dos de sus hijas
Fotografía de la boda de Eugenio Insúa con Irene Serrano

Franco se negó a certificar la defunción de Eugenio por lo que Irene no pudo cobrar la pensión de viudedad hasta 1982

Irene, ya viuda, se trasladó junto a sus dos hijos a Barcelona, donde recibieron protección, alojamiento y ayuda del gobierno de la República. Por el buen aspecto que los tres lucen en las fotos que conserva de aquella época, Rosa María deduce que allí debieron tratarles muy bien, aunque el bienestar no les duró mucho. El inminente triunfo de los golpistas les obligó, como a centenares de miles de españoles, a exiliarse en Francia, y allí, durante dos años, Irene y sus hijos permanecieron en un campo de internamiento situado junto al mar en la localidad de Argelès-sur-Mer. La memoria de Rosa María guarda recuerdos desdibujados y sensaciones como la del frío de la arena de la playa en sus pies, los barracones en los que los que las alojaron, pero también paseos con chicas que le cantaban canciones francesas, por lo que piensa que muy probablemente los niños y niñas fueron acogidos por familias francesas de la zona. Cuando los nazis invadieron Francia, Irene se asustó y decidió regresar junto a su madre al sombrío Madrid de la posguerra. No le quedaba otra. 

A la viuda de Eugenio no solo le habían arrebatado a su marido. El régimen de Franco la condenó al silencio, a no reclamar sus restos para evitar represalias y a la pobreza al negarse a certificar la defunción de Eugenio Insúa, impidiendo así que cobrara la pensión que le correspondía por derecho. La familia conserva un documento de 1947 en el que han tachado la palabra “defunción” y la sustituyen por “desaparición”. No tenía sentido alguno puesto que la familia sabía perfectamente dónde lo había matado, tenía información suficiente para localizar su fosa y había testigos presenciales de lo que ocurrió aquel aciago 25 de julio. De hecho, aún quedan en el pueblo personas casi centenarias que se acuerdan muy bien de aquella sangrienta jornada del 36 y de cómo trasladaron los cadáveres en carros hasta el cementerio. Sin embargo, en el libro de enterramientos el nombre de Eugenio Insúa no consta. 

“Mi padre murió por defender al gobierno elegido por el pueblo. Él sí que fue un héroe que dio su vida por España”
Rosa María Insúa, hija del miliciano asesinado

Enterrar a personas sin identificar en fosas comunes o en cunetas constituye una violación flagrante de los derechos humanos y un crimen especialmente despiadado. Su razón de ser, bien lo saben los historiadores y los expertos en Derecho Penal Internacional, es eludir las responsabilidades penales por crímenes de guerra o por desapariciones forzadas

En 1979, Irene solicitó de nuevo que se certificara la muerte de Eugenio. Hasta 1982, casi medio siglo después de la muerte de su marido, no pudo cobrar la pensión de viudedad. A pesar de que trabajó toda su vida, a veces en empleos durísimos como el de encerar suelos, no pudo dar estudios a sus hijos, que tuvieron que abandonar la escuela antes de tiempo para ayudar en casa. “Mi madre trabajaba tan duro que se quedó en los huesos. A nosotros nos decía que no contásemos que habían matado a nuestro padre y que si preguntaban dijéramos que había muerto en un accidente”, rememora Rosa María.

Imagen de la fosa de El Espinar
Un momento de la exhumación de la fosa de El Espinar
La razón de ser de las fosas comunes es eludir responsabilidades penales por crímenes de guerra o desapariciones forzadas

Cuenta García Barredo, el minero, que alguna vez cuando están excavando fosas se acerca gente “con buena intención” y cuestionan las exhumaciones. “Y cuándo yo les pregunto qué harían ellos si fueran su padre o su madre o su hijo quienes estuviera en la fosa se quedan muy callados… y entonces comprenden. Nosotros no removemos heridas. Llenamos el terrible vacío que dejan en las familias los desaparecidos”.

Quienes apoyaron a Franco”, añade Rosa María, “recibieron todo tipo de ayudas durante la dictadura, pagas, estancos, despachos de loterías, puestos en las administración, y los que murieron fueron enterrados con honores. Sin embargo mi padre, como tantísima gente valiente que murió por defender al gobierno elegido por el pueblo, fue arrojado sin identificar a una fosa. Tanto que a algunos se les llena la boca con la palabra patria… Él sí que fue un héroe que dio su vida por España y así debería reconocerse. Al menos que nos dejen a las familias recuperar sus restos para que podamos tener tranquilidad”, concluye.

Madrid Sindical agradece a los hermanos Alejandro, Ángela, Irene y Rosa de Lima Herrera Insúa, hijos de Rosa María Insúa y nietos de Eugenio Insúa, su colaboración y aportación documental para la elaboración de este reportaje.

Actualización marzo de 2021:

El miliciano Eugenio Insúa ya descansa junto a su esposa